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Cuba: Una noche en un prostíbulo de La Habana

“Aquí viene el que no puede estar exhibiéndose por ahí, el que quiere fiesta pero que nadie lo vea. Mucho diplomático, ‘pinchos'”…
“Yo había salido de un infierno para entrar en otro, entonces fue que conocí a Pável y eso me cambió la vida”, dice Magdielis (Foto: Ernesto Pérez Chang)

CN.- LA HABANA, Cuba.- Magdielis no sabía que el mundo de la prostitución en Cuba era mucho más profundo que ese, demasiado visible, que descubrió en sus inicios. Para la muchacha de 16 años, que llegara a La Habana desde Pinar del Río apenas con una muda de ropa y dispuesta a dormir en un parque, prostituirse era pararse en una esquina de la calle Monte y esperar por un cliente, cualquiera que fuese y sin importar demasiado lo que pudiera pagar o las cosas que el extraño exigiera hacer en la cama.
Fue así que en una de esas jornadas iniciales conoció a Pável, el proxeneta que le brindó no solo un lugar donde vivir sino, además, la oportunidad de adentrarse en un universo muy distante de aquel otro de sábanas sucias, ropas ajadas, lugares oscuros, poca comida y demasiado alcohol barato.
“Yo había salido de un infierno para entrar en otro, entonces fue que conocí a Pável y eso me cambió la vida”, dice Magdielis mientras cuenta sobre su niñez en Guane, de cómo la madre se la llevaba a ella, con apenas cinco años, y a su hermana menor, a trabajar a las vegas de tabaco para poder ganar 15 pesos al día (apenas 60 centavos de dólar), una cantidad insuficiente para comer y vestir.
“Teníamos una sola muda de ropa. Por la tarde mi madre nos encueraba, nos envolvía en una sábana y entonces lavaba la mudita para que por la mañana estuviera limpia (…). Dormíamos en un cuartico que mi mamá hizo dentro de una vega. Allí había una camita donde dormíamos las tres (…) entre cujes de tabaco, sacos, tanques de insecticida y rollos de cordel (…). Cuando cumplí los 16 me dije esto se acabó y agarré para La Habana”, cuenta Magdielis y sonríe como si hablara de una historia que no la involucra.
Pável, el héroe
Pável es proxeneta, un chulo, y siente orgullo de lo que él mismo denomina como  “profesión”. Dice haber salvado de la calle a decenas de muchachas y muchachos y, por los testimonios de algunos de ellos, pareciera que hay algo de “heroísmo” en esa rutina de “búsqueda de talentos” que forma parte de su próspero negocio.
Pável tiene 35 años y ha vivido en La Habana toda su vida, en sus calles, peleando por sobrevivir. Según nos ha dicho, a los 21, mientras se prostituía en Varadero, conoció a un italiano que fue quien le compró la casa donde actualmente “trabaja”.
“Yo nunca he sido lindo, ni tuve un cuerpo espectacular, pero no sé por qué siempre tuve suerte. (…) Será porque tengo facilidad para hablar, no sé. (…) Este hombre, que no hicimos casi nada, boberías, me compró la casa y ya con eso se me encendió el bombillo y comencé esto”, afirma quien hoy en día cuenta con una de las más célebres y costosas “casas de citas” de La Habana.
El negocio
Comenzó, por allá por los años 2004-2005, siendo un cuchitril donde había dos habitaciones para rentar por horas, de manera ilegal, y terminó convirtiéndose en una pequeña “industria” que, según el propio Pável, suele rendirle un promedio de 30 mil dólares al mes.

Los clientes no parecen ser muy diferentes a esos que frecuentan los antros más conocidos en el mundo de la prostitución habanera (Foto: Ernesto Pérez Chang)
“Ahora hay cientos de alquileres por hora pero en aquel momento había muy poquitos. A veces ligabas al yuma (extranjero) y no tenías a dónde ir, incluso era difícil entrar al hotel; entonces como yo estaba en ese mundo conocía a todos los pingueros (prostitutos) de La Habana y cuando a las once (de la noche) o a la una (de la madrugada) no aparecía alquiler, yo les alquilaba mi casa (…). Después los yumas iban directo para allá, para que yo les buscara a fulano o para  irse con cualquiera de mis amigos”, manifiesta Pável.
Ubicada en una zona céntrica de la ciudad, pero a la vez lo suficientemente apartada como para pasar inadvertida a los chismosos, la casa de Pável se fue transformando en uno de los prostíbulos más famosos de La Habana, a la vez que uno los más antiguos.
“No solo ha sido discreción, también pagar por esa discreción. La Habana es un pañuelito y todo se sabe, pero hay necesidades y mi negocio es satisfacer esas necesidades y aquí viene gente, como se dice, de todo tipo y de todos los colores (…). Al principio solo era de hombres pero después traje mujeres, para todos los gustos. (…) A mí me gustan las mujeres, yo me acostaba con hombres por dinero pero en realidad me gustan las mujeres (…). Lo que distingue mi negocio es que aquí solo hay buenas mercancías, lo que tomas es bueno, lo que fumas es bueno, lo que comes es bueno y lo que te llevas a la cama es lo mejor de lo mejor. Por eso yo he sobrevivido, ya te digo, aquí viene todo el mundo”, comenta Pável y sus palabras, más que alarde destilan esa tenebrosa seguridad que solo exhiben quienes guardan secretos como salvoconductos.
Hablan las “mercancías”
Por fuera parece un caserón familiar. Una de esas construcciones de los años 30 o 40, con techos de “viga y losa”, que a finales de los años 90 apenas valían lo mismo que un humilde apartamento en la peor zona de Alamar pero que, actualmente, por el aspecto señorial y por la barriada discreta, en un país donde abunda la miseria suelen alcanzar precios cercanos a los cien mil dólares, o superarlos.
Pável la compró en 2002 por apenas 3 mil dólares y ha invertido, hasta la fecha, unos 30 mil en levantarla de las ruinas y enmascararla tras la fachada de un bar-restaurante donde el cliente ingenuo difícilmente sospecha lo que sucede en las habitaciones del piso superior y en las dos terrazas, cerradas a quienes no son habituales o no llevan señales de recomendación.
Se pudiera comparar con un club de membresía pero es simplemente un prostíbulo en un país donde es pecado ser indiscreto.
Sentado en un sofá, un extranjero pasa la noche acariciando a tres chicos que, aun sin comprender, le sonríen cualquier frase que suelta en inglés. Muy próximo, otro cliente, un cubano residente en Miami, manosea los senos de una mulata que lo besa en el cuello.
En la misma habitación varias chicas beben a la espera, solitarias como alguna vez quizás lo hicieran en la calle, antes del rescate del héroe proxeneta.
En el bar de la terraza de la azotea, una especie de oasis gay, trabaja Hassán, un joven de 28 años que lleva unos seis junto a Pável: “Comencé como todo el que llega a La Habana, pasando hambre y yéndome por tres pesos (…), hasta que conocí a Pável. (…) No, yo fui el que vino a verlo porque ya un socio me había hablado de él (…). Eso fue un cambio de la noche a la mañana. Con Pável fue la primera vez que yo vi 50 dólares uno arriba del otro, no podía creerlo (…). La ventaja de esto es, primero, que todos los días te vas con no menos de 50 dólares; después, que no tienes que andar caminando por ahí y también que la gente que viene a aquí son gente limpia, clientes fijos, mucho extranjero, la mayoría son diplomáticos, gente importante. (…) Ya yo he ido dos veces a Panamá y ya me invitaron a Canadá para el año que viene (…). Con lo que gano yo no pienso en quedarme afuera, aquí me va bien (…). Bueno, cuando deje de ser bonito es otra cosa, ya lo pensaré mejor”, comenta Hassán.

Se pudiera comparar con un club de membresía pero es simplemente un prostíbulo en un país donde es pecado ser indiscreto (Foto: Ernesto Pérez Chang)
La casa de Pável no tiene lujos en la decoración. Ni las bebidas y comidas que sirven en el bar, contrario a lo que opina el dueño, son nada especiales. Tampoco los clientes parecen ser muy diferentes a esos que frecuentan los antros más conocidos en el mundo de la prostitución habanera, sin embargo, por alguna razón gastan hasta diez veces más que lo que harían en Las Vegas o en El Toke, en el Karabalí o el Scherezada, donde un chico o una chica no cuestan más de 20 dólares la noche.
“Aquí viene el que no puede estar exhibiéndose por ahí, el que quiere fiesta pero que nadie lo vea. Mucho diplomático, pinchos (dirigentes)”, comenta Yosie, una chica que también se cuenta entre las “salvadas” por Pável.
“Llevo poco tiempo aquí. Es verdad que es muy distinto a estar por la calle, sofocada por la policía y todo eso, pero en la calle hasta cierto punto tú eres libre de elegir, me voy con este o con aquel, pero aquí tienes que irte con quien te escoja porque tienes que pagarle a Pável. (…) Él es buenísimo, yo eso no lo niego, pero él no me trajo para este lugar porque yo le caiga bien. Yo soy, como él dice, su producto, su mercancía, y por eso me cuida (…). Aquí todos los sábados viene un Español, Elías (…), el tipo no hay quien se lo espante, un mal aliento…, eso hay que pensarlo mil veces pero la necesidad es la necesidad. (…) Esto no es un paraíso, nada de eso, es un infierno pero ¿a quién le gusta decir que le va mal?”, apunta Yosie que, al igual que muchos de los entrevistados, nos pide que no revelemos su verdadero nombre.
Actualmente en La Habana existen decenas de casas de citas o prostíbulos que operan de manera ilegal. En la casa de Pável trabajan unas quince mujeres e igual cantidad de hombres. Todos son jóvenes entre los 17 y los 30 años, la mayoría provenientes de la zona oriental de la isla donde existen menos oportunidades para el desarrollo personal.
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