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¡UNA HISTORIA DE HORROR! El cruel asesinato de un joven por una pandilla en Camagüey,Cuba.

Mandy, El joven asesinado por los pandilleros en Camaguey

En la noche del 15 de mayo de 2015, Yelko Martín Batista WiliamsCarlos Álvarez GermánRaciel Antonio Vázquez Morales y Melson Sergio Varona Oduardo, se reúnen en los preparativos de una conga que ensaya con vista a los carnavales, que tradicionalmente se celebran en el mes de junio en la ciudad de Camagüey. A pesar de ser muy jóvenes –entre los 17 y 21 años– son elementos marginales, señalados por la policía como presuntos delincuentes; sobre todo Yelko y Carlos, quienes tienen firmadas cartas de advertencia por diferentes delitos callejeros.
En el lugar de los preparativos de la conga los cuatro deciden formar una pandilla, toman una botella de ron y, terminados los ensayos, ya en la madrugada del 16 de mayo, cruzan el puente de la Caridad y alcanzan la Carretera Central rumbo oeste.
Carlos, el único negro de los cuatro, de complexión muy fuerte, guaposo y con “hazañas” callejeras a su favor, cuyos resultados lo habían hecho merecedor de la carta de advertencia policial, lidera la cuadrilla. A su lado camina Yelko, más joven que él, pero con ínfulas de líder y afanoso por arrebatarle la supremacía, porque es el único portador de arma blanca en ese momento.
Pasado el servicentro de Vía Blanca, frente al Bosque, encuentran a un hombre tirado encima de la acera; parece estar dormido o borracho. Yelko saca el cuchillo de dos filos que porta –tipo punzón–, arremete sobre el hombre tumbado y le propina una cuchillada en la nalga, con la clara intención de ganar preponderancia en la pandilla.
Carlos, hasta el momento líder, lo recrimina y discuten. Carlos le ha dicho que eso es cobardía, que no se ataca a un hombre indefenso, y esto estimula a Yelko a demostrar que él también es capaz de atacar al primero que se le presente. En ese acuerdo, cuando alcanzan la entrada del Mercado Agropecuario y la fábrica de refrescos, Yelko se adelanta y se oculta detrás de uno de los árboles sembrados a orillas de la carretera, en tanto los otros tres lo dejan solo, y se rezagan para presenciar su próxima hazaña.
Por esos días en Camagüey se celebra durante algunas jornadas nocturnas un festival de rock nacional. Gran cantidad de jóvenes de toda Cuba asisten a la ciudad invitados al evento. Este tipo de festejos culmina sus presentaciones casi siempre pasada la medianoche y es por eso que muchos rockeros del patio salen a esas horas hacia sus hogares. Vale destacar que este tipo de jóvenes cuenta, por lo general, no solo con una pasión por la música, sino también con una formación artística que puede abarcar diferentes manifestaciones. Su objetivo de reunión gira en torno a intereses pacíficos y  para nada tienen que ver con el tipo de elemento ocioso y automarginado que constituyen pandillas como a la que estamos haciendo referencia.
A los pocos minutos de Yelko esperar tras el árbol, se acerca en bicicleta uno de los jóvenes músicos, de nombre Maikel, rumbo a su casa, porque el festival ha concluido su función de esa noche. Son apenas las dos de la madrugada. Yelko sale de pronto detrás del árbol con el arma en la mano, a solo unos metros del inocente muchacho, quien intenta soslayarlo y gira en U hacia el lado opuesto de la vía, que a esas horas permanece desierta. Pero el pandillero alcanza a sujetarlo por la parrilla de la bicicleta y, acto seguido, le propina dos cuchilladas profundas por la espalda; una de ellas le perfora un pulmón. El ciclista cae al suelo, pero en el horror del atentado ni se percata que ha sido herido de gravedad, se levanta y pide auxilio en medio de la carretera. Yelko se dispone a rematarlo cuando aparece un hombre en un triciclo que sale en defensa del herido. Este hombre, con asombrosa valentía, al ver armado al atacante, saca un cuchillo que porta y le hace frente, pero el arma se le zafa de la mano y cae. El agresor la toma. Sin embargo, el hombre regresa al triciclo, alcanza ahora un machete y va nuevamente hacia ellos.
En este momento, ya los cuatro están juntos otra vez y armados con dos cuchillos: el de Yelko y el que se le cayó al defensor, que pasa a manos de Carlos. Raciel y Melson, a falta de armas, toman piedras; y los cuatro hacen formación frente al defensor de Maikel. A todas estas el herido permanece en el suelo.
En eso aparece un custodio del mercado en ayuda del valeroso ciudadano que enfrenta a los cuatro vándalos. Mira al joven en grave estado sobre la carretera y grita al defensor:
–¡Déjalos que se vayan y ven, ayúdame con este muchacho que está mal herido! ¡Déjalos que se vayan, que al negro ese lo conozco yo!
Los delincuentes se alejan por la calle Desengaño. Todavía Carlos, temeroso de perder el liderazgo de la banda, recrimina a Yelko y le conmina “porque los hombre se fajan con los puños” al advertir que dos personas vienen hacia ellos. Es un contemporáneo, conocido por ellos. A su lado lo acompaña una jovencita. Como se conocen, Carlos lo llama y el muchacho se detiene; sin darle oportunidad de protegerse, Carlos le pega una trompada en el rostro, con una fuerza que lo aturde, aunque no logra derribarlo. De inmediato, Yelko arremete contra él con su cuchillo y le tira una puñalada al pecho. A pesar de la sorpresa, el agredido no ha caído al suelo y antepone el brazo a la cortada que le han lanzado. El cuchillo, que iba dirigido al corazón, al traspasar el brazo de la víctima llega con menos empuje al pecho y solo hiere superficialmente el tórax; por fortuna, esto le permite escapar y salir desesperado rumbo a la carretera. Quizás el temor de la cuadrilla a volver hasta el lugar donde agredieron al rockero y fueron enfrentados con arrojo, haya sido el porqué no dieron alcance al agredido para rematarlo.
Este es el tercer atentado en solo unos minutos. Ya han cometido una agresión y dos intentos de asesinato, sin que ninguno de estos últimos haya resultado fatal. Están sedientos de sangre. No quieren regresar a sus casas sin una víctima fatal.
Ahora contaré algo que no estuvo al alcance de las investigaciones, que no fue del conocimiento de la fiscalía y, por lo tanto, no se esclareció en el juicio, pero he podido averiguar gracias a testimonios totalmente confiables.
Luego de esta tercera agresión los cuatro victimarios tomaron la calle Matadero: un callejón sinuoso que bordea el río Hatibonico. A medio trayecto divisan a un hombre solitario que viene rumbo al grupo. Al notar que es una persona mayor y sin compañía, uno propone:
–¿Vamo a jamarno al purito?
Pero el hombre no era un“purito”, como imaginó el insinuante, sino un obrero de la Empacadora Cárnica que se dirigía a su turno de trabajo de por la madrugada. Por suerte para él, lleva consigo un machete de labor muy bien afilado, convertido en cuchillo, con el que trabaja en la fábrica de embutidos. Alcanza a escuchar la propuesta de los vándalos y se detiene a cierta distancia; saca el arma y les responde:
–¡Vengan! ¡Vengan a jamarse al purito!
Es entonces cuando otro de la cuadrilla aconseja:
Deja. Deja al purito, que el purito la lleva.
Cobardemente desisten y continúan rumbo hacia el puente de la Caridad.
Serían alrededor de las tres de la madrugada cuando Mandy, igual que Maikel, regresaba después del cierre de la fiesta, tomaba una cerveza en el servicentro del Casino junto a dos colegas de la asociación Hermanos Saíz, entidad que estimula la creación artística en los jóvenes a nivel nacional. Les contaba de sus proyectos, de sus últimos éxitos en el rock, de que a la noche siguiente debutaría en el festival. Su hermano Jorge Luis le había enviado desde los Estados Unidos unos zapatos tenis de color blanco de mucha calidad y a tono con la moda, y los había reservado para estrenarlos en la próxima noche cuando subiera al escenario. Su realización es extrema. Ya es un profesional en la música: el gran sueño de su vida.
Aunque sus amigos de la Asociación le insisten para que se quede un rato más junto a ellos en el servi, Mandy se disculpa porque otros compañeros lo aguardan en el parque Agramonte y no puede hacerlos esperar más tiempo. Toma la pequeña mochila en la cual llevaba el pedal de su guitarra y su teléfono y sale de la cafetería.
Ya había cruzado el puente y tomado la calle San Pablo cuando alguien lo llama:
–Oye, espérate allí, que quiero hacerte una pregunta.
Es Carlos. Los cuatro acaban de arribar a la convergencia de las calles Matadero, Cisneros, Independencia y San Pablo. Mandy, ingenuo, incapaz de imaginar que alguien lo ataque sin motivo alguno, se detiene a esperarlo. Cuando Carlos llega cerca de él, saca el cuchillo que había tomado del hombre del triciclo y le asesta las primeras cuchilladas. Mandy trata de evadirlo y corre hacia la acera opuesta, pero Carlos lo agarra por los cabellos y continúa dándole puñaladas. Los gritos de auxilio de Mandy son escuchados por algunos vecinos, pero nadie se atreve a abrir las puertas. Como si las cuchilladas de Carlos fueran insuficientes, Yelko viene en su ayuda para rematarlo y, entre los dos le asestan 46 cuchilladas y contusiones. Para estos bestias los gritos de dolor de mi hijo son estímulo a su vandalismo.
Los abogados defensores de Raciel y Melson alegaron que sus defendidos no tuvieron participación directa en el asesinato, pero en el registro forense le aparecen a Mandy más golpes que puñaladas. De las 46 contusiones, solo 19 son de cuchillo. Además, ¿por qué si Raciel y Melson se mantuvieron a distancia como intentaron confundir al tribunal sus defensores, en los zapatos de uno de ellos apareció sangre de mi hijo?
Ya con Mandy agónico, una pareja de estudiantes de Medicina se acerca y los asesinos se marchan, no sin antes amenazarlos con hacerles lo mismo si los delatan. De hecho, estos testigos no se presentaron al juicio. La joven médica intenta rehabilitarlo, pero ya es muy tarde. Tiene interesados órganos tan vitales como el corazón y los pulmones. Aunque es recogido de inmediato por una máquina patrullera, ya su cuerpo permanece sin vida.
Cuando pasé la dura prueba de reconocer su cadáver, pude percatarme de que hasta intentaron degollarlo. Tenía grandes cortadas bajo la barbilla y en las muñecas, seguramente para evadir las cuchilladas. Y tantas y tantas perforaciones más, que me es imposible continuar narrando.
He tenido el valor de escribir esto para que, si alguien presumiera poco indulgente la condena de 40 y 25 años de cárcel para estos facinerosos, sea la opinión pública de Camagüey, de Cuba y del mundo, quien califique y dé apoyo al tribunal que ha dictado esta sentencia.
Si todo tipo de criminal perverso, como estos que nos ocupan, fueran extirpados de la sociedad definitivamente, sin derecho a beneficios, puesto que para ellos es imposible cualquier clase de rehabilitación, nuestras ciudades vivirían mucho más tranquilas. Y si la cobertura publicitaria de los medios de prensa radial, televisiva y escrita, informara públicamente lo que pueden esperar aquellos que sienten placer al matar, como se ha llevado a cabo en esta ocasión, el patente mensaje de advertencia pondría a pensar dos veces a los futuros asesinos antes de cometer un hecho vandálico.
Pero sobre todo, las cárceles cubanas deben diferenciar de otros delitos comunes estos hechos de sangre que se cometen de manera consuetudinaria en nuestra ciudad, y privar a sus autores de todo beneficio, para que estos asesinos dejen de llamar “becas”, las prisiones, porque en ellas disfrutan techo, alimentación segura, salario remunerativo, estudios universitarios, visitas y pabellones, más la oportunidad de salir a la calle nuevamente cuando cumplen un tercio o, cuando más, la mitad de la condena.
Nota de Prensa. Semanario Adelante. Sábado 12 de diciembre de 2015
La Sala de los Delitos contra la Seguridad del Estado en función de lo Penal del Tribunal Provincial Popular de Camagüey, en fecha 10 de diciembre de 2015 en la que se sancionó al acusado Yelko Martín Batista Wiliams como autor de los delitos de portación y tenencia ilegal de armas o explosivos, lesiones, dos delitos de asesinato en grado de tentativa y asesinato a sanción conjunta de 40 años de privación de libertad; al acusado Carlos Álvarez Germán como autor de los delitos de portación y tenencia ilegal de armas o explosivos, dos delitos de asesinato en grado de tentativa y asesinato a una sanción conjunta de 40 años de privación de libertad; al acusado Raciel Antonio Vázquez Morales como autor de dos delitos de asesinato en grado de tentativa y asesinato a una sanción conjunta de 25 años de privación de libertad, y al acusado Melson Sergio Varona Oduardo como autor de dos delitos en grado de tentativa y asesinato a una sanción conjunta de 25 años de privación de libertad.
Los acusados y el Ministerio Fiscal, de conformidad con lo establecido en la Ley de Procedimiento Penal, tienen derecho a interponer recurso de casación ante el Tribunal Supremo Popular.

Pedro Armando Junco, padre de Mandy, el joven asesinado

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