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QUERIDA HABANA.


Cómo veo La Habana, me pregunta una habanera que se estremece ante una foto, una hija que desde lejos no deja de verla bella. Y es que esta ciudad tiene su misterio, es tan linda para quienes la palpamos a diario como para quienes la recuerdan.
La Habana es como una dama con clase a pesar de sus penurias. La excelente anfitriona de siempre. La meta de pobres y ricos. Estudiar en ella, prosperar, han sido anhelos de cubanos de toda la Isla a través de los siglos.
Visitada desde entonces por personalidades y famosos, son muchas las anécdotas acumuladas por los privilegiados. La Habana de columnas y fachadas que la engalanaron para darle la bienvenida al mar de su bahía hoy están apuntaladas.
“La ciudad de todos los cubanos” dice un slogan que todos los oportunistas han hecho suyo. Ser de familia habanera es ser como un Ovni en tu propio planeta. Algunos te miran con sorna cuando dices que eres habanero y de familia habanera, y por ahí quedamos aún algunos tan raros como piezas de museo.
La migración hacia La Habana siempre sucedió, “a las buenas o a las malas”, como buenos muchachos ilusionados con recibir diplomas o de polizones. La Habana, en épocas anteriores, fue hasta el sueño de extranjeros que llegaron a ella para volver un día a su país, aunque pocos lo lograron, huyendo de la pobreza, de guerras y muertes.
Muchos partieron agradeciendo a La Habana sus bondades al estabilizar sus vidas; al permitir que su descendencia de raros apellidos se convirtiera en un cubano más. Apellidos de origen hebreo, franceses, ingleses, chinos y hasta de más lejos, los llevan con orgullos quienes dicen ser cubanos o habaneros.
Una Habana especial porque lo mismo se le critica que se le alaba. La de gente buena, que es también la de pícaros, estafadores, chismosos e informantes. Ella es tolerante como buena madre. Da lo que tiene: calles sucias y viviendas en mal estado, o se deja quitar lo que ya no pertenece a sus hijos.
Con sus calles curveadas y sus finales o principios de calles en “cuchillo”, donde se pierden los que no la conocen bien, ella ríe con su maquillaje mal dado, conforme con lo poco que le queda, solo triste de no tener cerca a sus hijos que cierran los ojos o se pierden en el recuerdo para adorarla.
La Habana vestida de ruinas elegantes. Toda trágica para tus hijos que no te abandonan, los más humildes. Problemas por doquier: el transporte, la casa que se les cae encima, tantas mentiras e imposiciones. A la vez toda cómica, para convertir lo más triste en carcajada, madre del choteo para que no se acabe el amor que emerge de entre tanto odio.
Y cómo te veo yo. Si ya todo está dicho, pensarán algunos. Si una cubanita que nació con el siglo XX te amó con delirio entonces esta que nació a mitad no puede vivir sin ti. Te extraño cuando me alejo unos días, me preocupo, no estoy tranquila hasta que te veo para besarte con cada crítica y dar gracias a Dios que estoy en ti.
Te amo cual segunda madre, te acaricio con cada mirada cuando veo tu Malecón de muros despintados, tu mar quieto en apariencia, tu cielo despejado, tu sol de rajatabla, tu gente chismosa y gritona; siento tu presencia que me guía, tierna, conocedora de mi obediencia. Así quisiera subirme a una nave y caer en otra galaxia, tu amor lo impide.
Te miro y admiro, mantienes tu serenidad para no enfermarte más, con todo lo que te han hecho los creadores no del universo –por suerte– sino los del auto bloqueo, el burocratismo, el terror y la vulgaridad; como eres tan madraza, esos son también tus hijos, ¿cómo no los vas a amar si amas a huracanes e inundaciones?
De día o de noche, eres algo más que una ciudad: eres un símbolo de cubanía que estará ahí, paciente, con la esperanza de que un día te devuelvan parte de tu belleza, porque no la has perdido del todo. Vendrá una bendición grande que te traerá de vuelta a tus hijos y te proveerá, además, de todo lo que necesitan los que se resisten a dejar de besar tu mano.
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