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Nitrógeno y mangostas

Bajo el noto­rio influjo de Borges he imag­i­nado este argu­mento que posi­ble­mente no escribiré porque no alcanza a jus­ti­ficar mis tardes. Fal­tan por­menores, rec­ti­fi­ca­ciones, ajustes; hay zonas de la his­to­ria que no me fueron rev­e­ladas aún; hoy, 8 de agosto del 2014, la vis­lum­bro así.
Un escritor, entu­si­asta admi­rador de una rev­olu­ción tri­un­fante, dig­amos la de la Fran­cia de Robe­spierre, la Rusia de Lenin, o la China de Mao ha sido invi­tado a cono­cerla en carne propia, por así decirlo. O tal vez ni siquiera se trate de la primera visita sino una de tan­tas en que viaja para con­fir­mar y enrique­cer su devo­ción, puesta a prueba por cier­tos rumores que propala la prensa bur­guesa. “Más que nunca me interesa darme una vuelta —le con­fiesa a un colega—, hablar con los ami­gos de la Casa, y hac­erme una idea más clara de algu­nas cosas” (Cortázar.2012.344).
Dig­amos, para como­di­dad nar­ra­tiva, que se trata de un viaje a la Cuba de Fidel Cas­tro entre los últi­mos días de 1966 y finales de enero del sigu­iente año y el escritor —que bien pudiera lla­mar Juan, Pedro o Gabriel— se llama Julio y es argentino. Julio Cortázar para que la aspereza de ese apel­lido vasco equi­li­bre la blandura de su ofi­cio. Luego de un largo silen­cio epis­to­lar —el escritor suele lle­var una cor­re­spon­den­cia intensa y com­pul­siva— que se cor­re­sponde más o menos con exac­ti­tud con los días que pasa en Cuba el escritor emerge nue­va­mente en sus car­tas con no menor entu­si­asmo que el que lo impulsó a hacer el viaje. “Volví con­tento porque creo que los males están infini­ta­mente por debajo de los bienes, y que aque­llo sigue ade­lante como un tor­rente” (Cortázar.2012.375) le escribirá al mismo colega al que le ha man­i­fes­tado sus pre­ocu­pa­ciones antes del viaje y al que por como­di­dades nar­ra­ti­vas lo lla­mare­mos Mario Var­gas. Mario Var­gas Llosa para que la ele­gan­cia del apel­lido materno com­pense la vul­gar­i­dad del paterno.
El entu­si­asmo del escritor por la Rev­olu­ción tri­un­fante no se apa­gará ni en los momen­tos más difí­ciles cuando años después un grupo de cole­gas se dis­tan­cien de aque­lla Rev­olu­ción a raíz de la prisión de cierto poeta cuyo nom­bre no viene al caso. Luego de un breve desliz pidi­endo cuen­tas por el poeta encar­ce­lado Cortázar se man­ten­drá como uno de los ejem­p­los más her­mosos de com­pro­miso int­elec­tual con esa y otras rev­olu­ciones lati­noamer­i­canas hasta su muerte en 1984.
El nar­rador de esta his­to­ria es un crítico con­tem­porá­neo nue­stro, alguien ded­i­cado a estu­diar la obra de un escritor del que le atraen sus muchas con­fir­ma­ciones de que la inven­ción de mis­te­rios simétri­cos y sor­pren­dentes no anula la capaci­dad de entre­garse a una causa her­mosa, que la amoral­i­dad del ofi­cio lit­er­ario no exime de cier­tos com­pro­misos con la real­i­dad. El pro­pio estu­dioso se llama Julio ya que su nom­bre fue deci­dido por la devo­ción con que su madre en su juven­tud leía al autor que ahora se siente pre­des­ti­nado a estu­diar. Sin embargo a Julio Mestre, nue­stro inves­ti­gador, desde hace tiempo lo ator­menta su inca­paci­dad para explicar uno de los cuen­tos del escritor redac­tado aprox­i­mada­mente por los días de aquél viaje a la isla. El relato se llama “Con legí­timo orgullo” y apare­cerá meses después de aquél viaje en “La vuelta al día en ochenta mun­dos” un libro que trae, justo en las pági­nas que lo suce­den, una deci­dida defensa de la obra de un escritor cubano al que por como­di­dad nar­ra­tiva lla­mare­mos José Lezama Lima. (Comente­mos inci­den­tal­mente que la apari­ción pre­via de dicha defensa en una revista del país “causó sen­sación en Cuba en momen­tos en que Lezama era objeto de duros ataques por razones de ‘obscenidad’; me ale­gré de que el azar (¿)— le escribe a su amigo edi­tor mex­i­cano— me hubiera lle­vado a escribir inocen­te­mente ese tra­bajo en un momento en que caía tan a tiempo para enderezar las cosas” (Cortázar.2012.377)).
El relato que inqui­eta a nue­stro crítico —y el que por cierto, no es inclu­ido en la edi­ción de Alfaguara de sus Cuen­tos com­ple­tos— cuenta en primera per­sona del plural la his­to­ria de un país entre­gado a un extraño rit­ual: cada noviem­bre todos sus pobladores se entre­gan a la recogida de hojas secas solo que en lugar de recoger­las direc­ta­mente uti­lizan para ello man­gostas luego de haber roci­ado pre­vi­a­mente las hojas con extracto de ser­pi­ente. Poco a poco nos enter­aremos de cómo están repar­tidas las fun­ciones entre la población: a los niños que “son los que más se divierten (…) los des­ti­nan a diver­sas tar­eas livianas pero sobre todo a vig­i­lar el com­por­tamiento de las man­gostas”. Por su parte a “los viejos se les con­fían las pis­to­las de aire com­prim­ido con las que se pul­ver­iza la esen­cia de ser­pi­ente sobre las hojas secas” a “los adul­tos nos toca el tra­bajo más pesado, puesto que, además de diri­gir a las man­gostas, debe­mos llenar las bol­sas de arpillera con las hojas secas que han recogido las man­gostas, y lle­var­las a hom­bros hasta los camiones munic­i­pales” (Cortázar. 2010.130).
Sin embargo, no es hasta el final que se rev­ela quiénes son los encar­ga­dos de una mis­ión deci­siva y peli­grosa en exceso: la de cazar las ser­pi­entes en las temi­bles expe­di­ciones a las “sel­vas del norte”. A ellas se des­ti­nan los que no cumplen con las nor­mas de recolec­ción de hojas secas, los que piden que se pul­verice el extracto de ser­pi­ente con más cuidado y los que incur­ren en cualquier otra falta menor casi siem­pre rela­cionada con el ejer­ci­cio de la crítica o de la sim­ple curiosi­dad. Aunque tam­poco ser reclu­tado para tales expe­di­ciones puede verse como un cas­tigo, nos advierte el nar­rador de “Con legí­timo orgullo”: “lle­gado el caso, —nos instruye— recono­ce­mos que se trata de una cos­tum­bre tan nat­ural como la cam­paña misma, y no se nos ocur­riría protes­tar” (Ibid).
Nue­stro Nar­rador, Julio Mestre com­prueba que los esca­sos análi­sis de ese cuento por parte de otros estu­diosos son vagos y esquemáti­cos. Se iden­ti­f­i­can los absur­dos esfuer­zos que recoge el relato con la fun­cional­i­dad del mito “como for­mal­ización de esas invari­antes arquetípi­cas” que “implica ya un prin­ci­pio de orden y, por tanto, una racional­ización, aunque, como ya hemos dicho, su com­po­nente es esen­cial­mente irra­cional” (Huici.1992.414). De esta man­era, por ejem­plo, se con­cluye que
En el cuento “Con legí­timo orgullo” el poder impone el cumplim­iento de cierto rit­ual (recoger las hojas secas del cemente­rio) que implica el some­timiento del pueblo a una atroz cir­cu­lar­i­dad, típica del mito y el rito, que lo inmov­i­liza y lo aturde y que no se cues­tiona porque ni siquiera se percibe. Por eso el rit­ual se cumple con legí­timo orgullo. (Ibid)
Hay algo que sin embargo no con­vence a Julio Mestre y es que el otro Julio, su admi­rado autor, se con­for­mase con escribir una fab­u­lita lim­i­tada a sat­i­rizar el empeci­namiento de la humanidad en generar cier­tos rit­uales absur­dos. ¡Como si eso no se hubiese hecho tan­tas veces antes! Lle­gado a este punto Julio, el estu­dioso, comienza a con­vencerse que el enigma rebasa lo pura­mente fan­tás­tico y a sospechar que se encuen­tra frente a una alegoría.
No sería la primera vez. Como todo cor­tazar­i­ano de bien recuerda, uno de los cuen­tos más cono­ci­dos y tem­pra­nos que pub­licara el autor es, entre muchas cosas, una crítica en clave a la inmovil­i­dad de la sociedad ante el ascenso del per­o­nismo. “Casa tomada” se tit­u­laba y repro­ducía a nivel domés­tico y famil­iar la reac­ción pusilán­ime de los argenti­nos no seduci­dos aún por Juan Domingo Perón mien­tras veían que el país iba siendo dom­i­nado por una fuerza todopoderosa y tur­bia­mente ame­nazante. Ya se sabe que un cuento surge “sin razón alguna, sin preav­iso, sin el aura de los epilép­ti­cos, sin la crispación que pre­cede a las grandes jaque­cas, sin nada que le dé tiempo a apre­tar los dientes y a res­pi­rar hondo” y que de pronto el autor debe enfrentarse a “una masa informe sin pal­abras ni caras ni prin­ci­pio ni fin pero ya un cuento, algo que sola­mente puede ser un cuento” (Cortázar.1969.72). No es su carác­ter cíclico, repet­i­tivo sino el absurdo excep­cional en la man­era en que se teje la trama de mangostas—recolectores de hojas—rociadas con extracto de serpientes—cazadas en remo­tas expe­di­ciones lo que invita a Julio Mestre a darle lugar con­creto de nacimiento a ese prodi­gio de imag­i­nación. Hay en ese tono fal­sa­mente meloso de “Con legí­timo orgullo”, en su miedo soter­rado a la autori­dad, en la mov­i­lización estatal de todo un país en pos de un obje­tivo común pero difí­cil­mente com­pren­si­ble a primera vista cierto per­fil definido que no es recono­ci­ble en el con­ti­nente más que en cier­tos momen­tos de la His­to­ria cubana. Nue­stro Julio suda frío. ¿Acaso podría con­ce­birse seme­jante acto de hipocre­sía en su autor favorito? ¿Es posi­ble que escri­biera una burla tan artera y min­u­ciosa en los mis­mos días en que le escribe a una amiga cubana: “no es fácil salir de tu país […] me lle­vará mucho tiempo adap­tarme nue­va­mente a la vida francesa, cortés y fría, cor­recta e indifer­ente”? (Cortázar.2012.371). Julio Mestre piensa en la famosa zafra de los Diez Mil­lones que mov­i­lizó a toda la población de la isla para pro­ducir aque­lla can­ti­dad de toneladas de azú­car y sacar de una vez el país de la asfixia del sub­de­sar­rollo. Com­prueba las fechas y sus­pira alivi­ado. “La vuelta al día en ochenta mun­dos” apare­ció pub­li­cado tres años antes que el proyecto que trascendió justo por no alcan­zar la meta que anun­ciaba en su título. De man­era que no puede el cuento referirse a la magna cosecha más que como pro­fecía, género quizás acept­able en el Vat­i­cano pero no en los depar­ta­men­tos de lit­er­atura. No obstante siguen ahí esas expre­siones colec­ti­vas del miedo dis­creto y la adu­lación desver­gon­zada como “La gen­erosi­dad de nues­tras autori­dades no tiene límites” que sólo pueden darse en esta­dos total­i­tar­ios. Y luego están esas alu­siones bas­tante direc­tas a las labores no ret­ribuidas que tiene enten­dido que en Cuba lla­man “tra­bajo vol­un­tario”: “Los adul­tos dedicamos cinco horas diarias a recoger las hojas secas, antes o después de cumplir nue­stro horario de tra­bajo en la admin­is­tración o en el com­er­cio” (Cortázar.2010.131).
Con desgano pero sin plantearse siquiera la posi­bil­i­dad de renun­ciar a su búsqueda –porque la hon­radez de nue­stro inves­ti­gador es asunto serio– Julio Mestre recorre el epis­to­lario del escritor por aque­l­los meses que pre­cedieron a la sal­ida del libro. En una carta su amigo mex­i­cano y edi­tor que sirve de inter­me­di­ario al libro que ahora escribe le dice que
La ver­dad es que a pesar de los infini­tos prob­le­mas, los errores y la ten­sión entre los sec­tar­ios y los fidelis­tas, siem­pre latente y a veces oper­ante, Cuba sigue ade­lante de una man­era admirable. Cada vez sé más que es el único país lati­noamer­i­cano que ha asum­ido su his­to­ria, su des­tino, suena a frase, pero allí es una viven­cia per­ma­nente y bien que se nota en la gente, en los libros, en la música. Estu­vi­mos nueve horas cor­ri­das con Fidel, que es real­mente un caballo, como le lla­man car­iñosa­mente sus com­pa­tri­o­tas; ese hom­bre es sobre­hu­mano, y nos dejó a todos lit­eral­mente pul­ver­iza­dos. (Cortázar.2012.377)
A nue­stro Julio se le hin­cha el pecho y des­cubre a con­tin­uación que el otro Julio había asis­tido a un dis­curso de aquel a quien lla­man el Caballo. En el dis­curso que men­ciona el escritor, el del 2 de enero de 1967, el líder de la Rev­olu­ción Cubana no se limita a salu­dar “al coman­dante Gue­vara, allí donde esté” (Ibid.377) o a la más bien abur­rida exaltación de los logros económi­cos de su gob­ierno. En algún momento, cuando se refiere a los planes agrí­co­las el estu­dioso cree hal­lar la misma desmesura, la misma absurda con­cate­nación de causas y efec­tos a las que no falta esa lóg­ica de lo irra­cional que se observa en el relato “Con legí­timo orgullo”. La activa par­tic­i­pación de niños y ancianos en la recogida de hojas secas del cuento es reem­plazada en el dis­curso por la de las mujeres en la recogida de café –porque los hom­bres están empeña­dos en tar­eas aparente­mente más duras como es el cul­tivo y la cosecha de la caña de azú­car— y el extracto de ser­pi­ente del cuento es el equiv­a­lente de los fer­til­izantes en el dis­curso. Especí­fi­ca­mente ese nitrógeno sobre el que el líder rev­olu­cionario anun­cia que “para 1971 aprox­i­mada­mente, o 1972, estare­mos apli­cando a nues­tra agri­cul­tura más nitrógeno que el total de nitrógeno que aplica hoy día a su agri­cul­tura uno de los países agrí­co­la­mente más desar­rol­la­dos de Europa, que es Fran­cia, con una población como de siete veces más habi­tantes que nosotros” (Castro.1967). Las mov­i­liza­ciones de la población son tan desmesuradas como las que apare­cen en “Con legí­timo orgullo” y no menos mil­i­ta­rizadas porque para los incon­ta­bles planes que esboza el líder:
[N]ecesitamos mucha fuerza de tra­bajo.  Y los sol­da­dos están par­tic­i­pando cada vez más; los com­pañeros de la fuerza aérea serán respon­s­ables de fer­tilizar unas 70 000 caballerías de caña en avión con nitrógeno; los com­pañeros de inge­niería del ejército están haciendo ahora los caminos de Las Vil­las, están incluso ayu­dando con sus equipos durante esta sequía a des­brozar ter­reno.  Ya el año que viene ten­dremos más equipos, los equipos de for­ti­fi­ca­ciones seguirán en for­ti­fi­ca­ciones; pero ahora los equipos de for­ti­fi­ca­ciones de las fuerzas armadas han estado en la agri­cul­tura tam­bién haciendo caminos y des­brozando ter­renos. (Castro.1967)
La obsesión azu­car­era —que los líderes rev­olu­cionar­ios ridi­culiz­a­ban en el texto de Sartre bien cono­cido por Cortázar, “Huracán sobre el azú­car”— ha sido retomada por esos mis­mos líderes con la misma urgen­cia y fatal­ismo con que se afronta la recogida de hojas secas en “Con legí­timo orgullo”. Solo que la voz nar­ra­tiva del cuento —ese “nosotros” recur­rente— no es la del dis­curso del poder que se quiere con­fundir en la supuesta voz de la mul­ti­tud. Es un “nosotros” cuyo “legí­timo orgullo” ape­nas puede dis­im­u­lar el ter­ror a que se siente expuesto mien­tras apela a un entu­si­asmo que, a fuerza de insi­s­tir, le suena falso incluso a nue­stro estu­dioso. “[E]stamos con­ven­ci­dos de que a nadie se le ocur­riría que puede dejar de recogerla” (Coartázar.2010.131) dice esa voz ate­morizada en algún momento del relato. “[S]ólo un loco osaría poner en duda la util­i­dad de la cam­paña y la forma en que se la lleva a cabo” (Ibid) dice en otro. No hay que tener demasi­ada imag­i­nación para recono­cer en esas frases la voz de un pueblo, empezando por sus int­elec­tuales, sometido a partes vari­ables de entu­si­asmo y ter­ror. “[R]ecuerdo que te ibas a prac­ticar filología entre los gua­jiros y a des­man­te­lar cañav­erales” (Cortázar.2012.369) le comenta Cortázar en una carta a su amigo Roberto Fer­nán­dez Reta­mar en una com­bi­nación de absur­dos —la de int­elec­tuales entre­ga­dos a labores para las que son par­tic­u­lar­mente inep­tos— que recuerda la de “Con legí­timo orgullo”.
Las ater­radas pal­abras del cuento son el espejo —o sea, exacto pero inver­tido— de otras dichas en el dis­curso escuchado por el escritor a su lle­gada a Cuba: “[N]adie podrá pre­tender que un grupo de hom­bres desde el poder le imponemos esta política —que entraña ries­gos— a nue­stro pueblo, sino que un grupo de hom­bres, sól­i­da­mente inte­gra­dos con el pueblo, los diri­gentes de la Rev­olu­ción abso­lu­ta­mente iden­ti­fi­ca­dos con el pueblo, inter­pre­tan los sen­timien­tos, la vol­un­tad y la con­cien­cia de ese pueblo” (Castro.1967). Se trata de repro­ducir —da igual quién lo pro­pusiera primero, el dis­curso o el cuento— el sis­tema de imponer una norma de con­ducta como si surgiese de la más espon­tánea de las voluntades.
Nue­stro inves­ti­gador se siente abru­mado. Una vez recono­cido su par­entesco las simil­i­tudes entre el cuento y el dis­curso saltan por doquier. ¿Qué hacer entonces con tanto com­pro­miso ejem­plar? ¿Con la “Poli­crítica a la hora de los cha­cales”?  ¿Con “Reunión”? ¿Con “El libro de Manuel”? Pero sobre todo: ¿por qué Cortázar habrá escrito ese texto que ahora se le antoja taimado en lugar de la crítica franca, abierta y con­struc­tiva? Pero ni siquiera nue­stro can­doroso inves­ti­gador se hace ilu­siones al respecto. Al pro­pio Cortázar años después, cuando insistía en hac­erse ilu­siones sobre su propia lib­er­tad un crítico y comis­ario de ocasión le leería públi­ca­mente la car­tilla. “Cuando una sociedad está en vías de con­struc­ción […] las pal­abras […] se vuel­ven rig­urosa­mente sig­nif­i­cantes” le advierte y le recuerda que “den­tro y fuera de la rev­olu­ción, par­tic­i­pantes o espec­ta­dores de ella, no podemos seguir per­mi­tién­donos la vieja lib­er­tad de escindir al escritor entre ese ser ator­men­tado y mila­groso que crea y el hom­bre que, ingenua o per­ver­sa­mente, está dán­dole la razón al lobo” (Collazos.1970.37).
Pero todo esto el escritor lo sabría desde mucho antes por mucho que se resistiera a acep­tarlo. Y ser tan cauto y astuto con­spir­aba con­tra la inocen­cia con la que el escritor quería dotar su entrega a la causa. Si escribió y pub­licó “Con legí­timo orgullo” es porque le era abso­lu­ta­mente nece­sario. ¿Para qué? Pues para decir algo nuevo y dis­tinto —piensa nue­stro Julio— sólo eso lo jus­ti­fi­caría. “Y ahí es donde hier­ran la may­oría de los críti­cos”, sigue pen­sando Julio Mestre, esos que asumen que lo que aborda “Con legí­timo orgullo” es la repro­duc­ción de los patrones inmemo­ri­ales del mito. Lo que deslum­brará a Cortázar en el caso cubano —piensa Mestre— no es la super­viven­cia de los antiguos patrones sino el veloz enquis­tamiento de los nuevos, algo que tam­bién sor­prende a Fidel Cas­tro en el dis­curso ya men­tado: “Y es para nosotros una gran suerte que nue­stro pueblo, en solo ocho años, haya adquirido esta con­cien­cia” (Castro.1967) dice. Y cuando trata de encon­trarle una expli­cación a tanto entu­si­asmo se encuen­tra que, al fal­tar el miedo que insinúa Cortázar como con­tra­partida al “legí­timo orgullo”, el líder de la Rev­olu­ción no puede respon­der más que con meros retrué­canos: “¿Por qué el entu­si­asmo no decae al cabo de estos ocho años?  Porque lejos de decaer —y esto es lo más impre­sio­n­ante y alen­ta­dor de nue­stro pro­ceso rev­olu­cionario— ¡cada año que pasa, en vez de dis­minuir el interés, el entu­si­asmo y el fer­vor rev­olu­cionario, cre­cen!” (Ibid) La con­cien­cia a la que se refiere el orador es la fraguada al calor de la rev­olu­ción en reem­plazo de la con­cien­cia ante­rior. Y esa nueva con­cien­cia ya es capaz de renun­ciar a rit­uales tan arraiga­dos como la cel­e­bración de la Navi­dad: “Y por eso en estos días dece­nas de bar­cos con sus trip­u­lantes —se cal­cula unos 2 000— han pasado esta Nochebuena y este fin de año pes­cando en los océanos (APLAUSOS).  Mas no solo pes­cando, sino pes­cando con qué espíritu, con qué fer­vor, con qué orgullo, con qué con­cien­cia rev­olu­cionaria” (Ibid).
Ocho años le han bas­tado a la real­i­dad cubana para que sus rit­uales absur­dos resul­ten —como se dice en “Con legí­timo orgullo”— “tan nat­u­rales que sólo muy pocas veces y con gran esfuerzo volve­mos a hac­er­nos las pre­gun­tas que nue­stros padres con­testa­ban sev­era­mente en nues­tra infan­cia” (Cortázar.2010.130). Ocho años son sufi­cientes para que los jóvenes con que Cortázar se debió haber encon­trado pudieran decir igual­mente: “hemos cre­cido en una época en que ya todo estaba estable­cido y cod­i­fi­cado” (Ibid). Incluso un joven tan cues­tion­ador como el Reinaldo Are­nas de 1969 recono­cerá que “Mi obra quiéralo o no, propóngamelo o no, está en relación con la Rev­olu­ción”. (Arenas.2013.99)
Lo que parece decirnos el escritor, piensa nue­stro estu­dioso, es que la clave de tales absur­dos, más que en la iner­cia del tiempo y las cos­tum­bres, rad­ica en que alguna fuerza —ya sea la de la fe o la del miedo— anule toda inqui­etud crítica. Y esa fuerza puede provenir del temor que inspi­ran las expe­di­ciones a las sel­vas del norte de “Con su legí­timo orgullo” o en los muy reales y cubanos cam­pos de con­cen­tración cono­ci­dos como UMAP de los que ya Cortázar tenía noti­cias aunque solo ver­bales. “¿[S]e escribe así?” le pre­gunta a su cor­re­spon­sal cubana cuando de pasada men­ciona “el prob­lema de las UMAP” (Cortázar.2012.371). Como si sólo retu­viera el sonido de aque­l­las siglas ter­ri­bles y no su sig­nifi­cado porque como dice el nar­rador de “Con legí­timo orgullo”: “De las expe­di­ciones a las sel­vas se habla poco entre nosotros, y los que regre­san están oblig­a­dos a callar por un jura­mento del que ape­nas ten­emos noti­cia” (Cortázar.2010.132). No obstante luego se apresurará a aclarar que “[e]stamos con­ven­ci­dos de que nues­tras autori­dades procu­ran evi­tarnos toda pre­ocu­pación ref­er­ente a las expe­di­ciones a las sel­vas del norte, pero des­gra­ci­ada­mente nadie puede cer­rar los ojos a las bajas” (Ibid). Porque las bajas, esas ausen­cias que fomen­tan el ter­ror que recorre en el cuento son al mismo tiempo la fuente de su insis­tente entu­si­asmo. Las bajas cre­cen, el cemente­rio debe ser ampli­ado, y entre la pro­fusión de tum­bas y de hojas cada vez es más difí­cil dar con la tumba cor­recta pero “en cierto modo nos ale­gra haber tropezado con tan­tas difi­cul­tades para encon­trar las tum­bas porque eso prueba la util­i­dad de la cam­paña que va a comen­zar a la mañana sigu­iente” (Cortázar.2010.133).
Y nue­stro inves­ti­gador emerge de estas con­stat­a­ciones extraña­mente orgul­loso. Sabe que será menos difí­cil expli­carlo que ser acep­tado aunque en la obra de Cortázar sean numerosas las alu­siones a la lib­er­tad de crítica en medio del com­pro­miso. “Hay cosas que no puedo tra­gar en una mar­cha hacia la luz” (Cortázar.1971.35) se atreve a decir incluso en uno de sus tex­tos más obe­di­entes. Defender la autonomía de lo lit­er­ario ya ha pasado de ser una here­jía para con­ver­tirse en lugar común. Otro lugar común es que un texto ape­nas men­cionado por un momento pese más que toda una obra porque al igual que ocurre con los con­tratos en lit­er­atura la letra pequeña es lo que importa. Pero justo ahí se detiene nue­stro estu­dioso porque no se trata de la reafir­ma­ción de la capaci­dad sub­ver­siva del escritor. O de ver la fic­ción como el espa­cio donde dec­i­mos con mayor o menor clar­i­dad lo que nunca nos con­fe­sare­mos a nosotros mis­mos. Después de todo lle­gar a esas con­clu­siones no haría más que rea­v­i­var a un autor como Cortázar. Lo tremendo será que en lo ade­lante él, Julio Mestre será visto como un revi­sion­ista de la peor clase, como un reac­cionario que pre­tende denun­ciar una exten­dida com­pla­cen­cia en la lec­tura de viejos clási­cos lati­noamer­i­canos. Y ese es el momento en que Julio cae en cuenta que su des­cubrim­iento no es demasi­ado rev­e­lador y que los detalles que con­vierten “Con legí­timo orgullo” en una sátira de los rit­uales (im)productivos de la isla de Fidel fueron inter­cal­a­dos para que los académi­cos del por­venir, incluso sin ser demasi­ado avis­pa­dos, dieran con la ver­dad. Com­prende que ellos tam­bién for­man parte de la trama de Cortázar que es la del romance con esa cosa que siguen lla­mando, para que no se note su olor a ran­cio, Rev­olu­ción Cubana. Al cabo de tenaces cav­i­la­ciones, Julio resuelve silen­ciar el des­cubrim­iento. Pub­lica un libro ded­i­cado a la com­pro­metida glo­ria del escritor; tam­bién eso, tal vez, estaba previsto.

Bib­li­ografía
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