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Se convierte La Habana en un baño público por falta de servicios

Tras 57 años de involución y supervivencia, los capitalinos tratan de vivir el día a día, mientras optan por mirar al otro lado para tratar de ignorar la realidad
Dos horas después de haber recogido escombros y desechos sólidos, los vecinos volvieron a llenar de basura el lugar. (EFE)
Diario Las Américas.-Mientras hace la cola para pagar la factura del teléfono, Yordanka, una mulata regordeta que fuma sin cesar, le cuenta a una amiga que su familia hace las necesidades en bolsas de nailon y luego las botan en un contenedor de basura.
“Mi’ja, el baño hay que descargarlo a cubos y el agua no nos alcanza”. Y sin un ápice de vergüenza abunda en detalles. “Todas las semanas mi marido o yo compramos 20 o 30 bolsas de nailon. Hacemos nuestras necesidades y luego, pum, las tiramos al latón de basura de la esquina. Estábamos pensando comprar un tibor, pues de verdad que es incómodo ensuciar dentro de un nailon: tienes que tener tremenda puntería”, cuenta jovial, como si fuese un chiste en un festival del humor.
Su amiga, lejos de reprocharla, aporta más leña al fuego. “Niña, si yo se lo digo a mis dos hijos varones. Después de las 9 de la noche orinen por el balcón de la casa pa ‘fuera, porque hay que ahorrar agua”.
Y no son historias aisladas. Después que terminan los conciertos bailables organizados por instituciones culturales, a golpe de cerveza y reguetón, es habitual observar a mujeres y hombres orinando en cualquier recodo.
“Cuando terminan las pachangas en la Plaza Roja, en el barrio de La Víbora, al día siguiente tengo que limpiar el portal y la escalera. Amanece llena de orine y mierda”, apunta Rafael, quien reside en la planta baja de un edificio de apartamento cercano al lugar.
El café Pain de Paris, situado en la ruidosa Calzada de 10 de Octubre, y donde antaño ofertaban dulces y panes franceses, se ha transformado en un bar. La administración habilitó un baño, pero después que se robaran piezas y herrajes, lo cerraron al público. Ahora los parroquianos orinan a un costado del café, en plena vía pública.
“Es que la cerveza da muchas ganas de orinar. Pura, mire para otro lado”, le dice un joven a una señora que camina por la Calzada. Según las normas de las empresas gastronómicas estatales, las cafeterías y bares que expenden cervezas deben tener baños para los clientes. Pero eso es letra muerta.
“Ellos (el Gobierno) exigen mucho, pero pagan poco y no nos dan recursos para poder reparar el baño. Si no vendemos cerveza no cumplimos el plan de venta mensual y dejamos de ganar dinero”, confiesa un administrador de una mugrienta pizzería estatal.
Después de que en 2010 el régimen de Raúl Castro ampliara las licencias del trabajo por cuenta propia, varios locales clausurados han sido rescatados como baños públicos regentados por privados. Pero son insuficientes y la higiene es espantosa. Son atendidos por mujeres y hombres jubilados, que reciben lo justo para comprar viandas, carne de cerdo y pan de corteza dura.
“Los cuidadores de baños cobramos un peso por orinar y tres por ensuciar (defecar). Es que luego tenemos que acarrear más cubos de agua para descargar. Nos buscamos de 40 a 60 pesos diarios. Yo pago 100 pesos mensuales de impuestos”, expone Celia, una anciana delgada y encorvada que cuida un baño público en la calle Monte.
En restaurantes y cafeterías de primera, los encargados de cuidar baños tienen aromatizantes y muestras de perfumes. En una pequeña cesta a la entrada, las personas depositan monedas en pesos convertibles.
“He tenido noches de reunir hasta 15 chavitos (alrededor de 17 dólares). Pero tengo que estar alerta, pues los clientes, aunque parezcan educados y decentes, si pueden, cargan con la taza del inodoro y el lavamanos”, acota Elsa, empleada en el Barrio Chino, en el corazón de la capital.
En un retrete plástico de azul desteñido en la Avenida del Puerto, al octogenario Osvaldo le fue bien mientras estuvieron abiertos tres bares aledaños. “Pero con la jodedera de hacer una puerto para ferries y cruceros, quitaron los bares y ya nadie viene a mear aquí. Descargaba con una lata grande vacía de mermelada de guayaba, que tenía amarrada a una soga, la tiraba al mar y con el agua de la bahía mantenía el retrete descargado y limpio. Pero como la cosa se puso mala y tengo artrosis, me fui pa’l carajo”.
Desde el pasado lunes 22 de febrero la autocracia verde olivo de Raúl Castro desplegó un intenso operativo para combatir al mosquito Aedes Aegypty, los salideros de agua y la mugre que invade La Habana.
En San Lázaro y Vista Alegre, detrás de la Iglesia de los Padres Pasionistas, en 10 de Octubre, a las dos horas de haber recogido escombros y desechos sólidos, los vecinos volvieron a llenar de tarecos el solar yermo.
“Es que ya la gente está acostumbrado a vivir rodeada de basura y se pasan por el fondillo las normas de convivencia. Y no les digas nada, porque entonces te quieren comer vivo”, señala Marta, residente del lugar.
Tampoco las instituciones del Estado ayudan. En las avenidas y calles concurridas apenas existen cestos donde echar papeles, cucuruchos de maní vacíos o latas vacías de refrescos y cervezas.
El respeto por las normas de urbanidad es algo que los cubanos no se toman muy en serio. En cualquier esquina hay grupos de personas bebiendo como corsarios y los conductores de vehículos en cualquier lugar se detienen y se toman un par de cervezas antes de seguir su camino.
Ciudadanos indolentes rompen teléfonos públicos, rayan los ómnibus o escriben en las paredes citas amorosas de mal gusto. En su estrambótica guerrilla urbana, a su paso, desbaratan objetos situados en parques y calles, incluidos monumentos.
“Quizás sea una manera inconsciente de demostrar su apatía hacia el gobierno. Nunca levantan la voz o convocan una huelga por ganar bajos salarios. Lo suyo es disparar ráfagas de vulgaridades. Donde quiera y contra cualquiera”, alega Carlos, sociólogo.  Y La Habana paga las culpas.
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