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José Martí no era comunista.

LA HABANA, Cuba.- En el periódico Granma del 19 de enero leí sobre la celebración en el Palacio de las Convenciones, del 25 al 28 del mes en curso, de la segunda Conferencia Internacional “Con todos y para el bien de todos”. Este evento cuenta con la participación de alrededor de 400 intelectuales y artistas de 44 países. Asimismo se espera la presencia de luchadores sociales, dirigentes sindicales, campesinos, indígenas y profesionales en general, quienes debatirán temas culturales, morales, políticos y económicos, entre otros.
A pesar de las gestiones para participar, las invitaciones fueron selectivas. Como siempre, las tendencias políticas opuestas quedan excluidas. Lo cual nos hace recordar un pensamiento del Apóstol poco divulgado por el régimen: “La Patria es dicha de todos y dolor de todos, y cielo para todos, y no feudo ni capellanía de nadie”.
También leímos en el periódico Juventud Rebelde de esa misma fecha que por estos días de enero el Movimiento Juvenil Martiano ha preparado una serie de actividades como acampadas, cenas, y otras, en honor al natalicio del Apóstol.
Pero pese a todo esto, los jóvenes de hoy conocen poco a José Martí. No podría ser de otra manera, cuando ni sus propios educadores son capaces de inculcarles interés por una figura que ellos mismos desconocen, y de cuya vida y obra el programa de estudios no incluye sino lo que puede servir al régimen.
“Antes, en las escuelas públicas nos hablaban de Martí y nos enseñaban sus poesías”, me dice Graciela, una conocida a quien le pregunté sobre el tema. “Recuerdo que la maestra de quinto grado nos ponía a leer La Edad de Oro y después a hacer composiciones en el aula”. Y para demostrarme que lo que bien se aprende nunca se olvida, me recitó algunos versos sencillos. Algo que por cierto no pudo hacer ninguno de los niños y padres jóvenes a quienes pregunté.
José Martí siempre estuvo presente en la sociedad cubana; sin tergiversar ni politizar su obra, nos daba una enseñanza en todos los aspectos de la vida. Importantes intelectuales le admiraban, reconocían y estudiaban, como el doctor Jorge Mañach, quien basó su tesis de grado en la biografía del Maestro, un valioso aporte a nuestra cultura donde, con un lenguaje sencillo y ameno, recorrió la vida de este desde sus raíces hasta su muerte en Dos Ríos.
También la Academia de la Historia de Cuba antes de 1959 publicaba gratuitamente folletos sobre la vida del Apóstol. Así pude conocer hace algún tiempo un capítulo de su autobiografía –leído en sesión pública el 26 de enero de 1946 por el doctor Néstor Carbonell Rivero–. Al mismo tiempo, el Ministerio de Educación, a través de la Dirección de Cultura, publicó la serie “Archivo de José Martí”, que hacían llegar a los maestros, quienes a su vez los empleaban en la enseñanza. Lo mismo se hacía con otros patriotas y figuras relevantes de la cultura cubana, convenientemente “olvidados” después de 1959.
Hace unos días, un estudiante de noveno grado repasaba para la prueba de Educación Cívica por una guía que le dio la maestra. La primera pregunta era caracterizar al Partido Comunista de Cuba. Esta era la respuesta que debía memorizar: “El PCC, martiano y marxista-leninista, vanguardia organizada de la nación cubana, es la fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado, que organiza y orienta las fuerzas comunes hacia los altos fines de la construcción del socialismo y el comunismo”.
Sin embargo, sería interesante conocer lo que –con extraordinaria agudeza– opinaba Martí sobre el comunismo: “Dos peligros tiene la idea socialista, como tantas otras: el de las lecturas extranjerizadas, confusas e incompletas, y el de la soberbia y la rabia disimulada de los ambiciosos, que para ir levantándose en el mundo empiezan por fingirse, para tener hombros en qué alzarse, frenéticos defensores de los desamparados”.
Sobre catalogar de martiano al PCC, conversaba hace poco con un anciano retirado que conoció desde adentro los manejos del aparato represivo. “Las palabras de Martí se sacan de contexto, por lo que los cubanos no llegan a conocer su verdadero significado, sino lo que al gobierno le conviene”.
Lo mismo le pregunté a un jubilado que actualmente trabaja de custodio nocturno en una escuela. “De Martí, el pueblo conoce lo que les conviene a ‘esta gente’, que es bastante poco. Les corresponde a los maestros estudiarlo a profundidad, pero no se hace. Aquí con Martí pasa lo mismo que con los americanos: el gobierno se ha pasado la vida hablando mal de los yanquis, y los cubanos sueñan con vivir en aquel país”.
Un tarimero del agro, por su parte, me espetó: “¡Ah, no me hables de Martí! ¡Ese es el culpable del Moncada y de la desgracia que tenemos ahora! ¡No quiero saber ni de los comunistas ni de él!”
Y es que para mantener a un pueblo sometido, uno de los primeros pilares a atacar es el patriotismo –que no chovinismo ni patrioterismo–, pues el orgullo (bien justificado) de pertenecer a una nación da la fortaleza necesaria para enfrentar y derrotar al opresor, aun cuando este proceda de nuestra propia tierra.
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