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Cuba: Incesantes lluvias colapsan sistemas de drenados y alarman a los habaneros

Inundaciones en La Habana en abril de 2015. 
Desde el sábado 10 enero, Ronel Capote, jubilado, sigue con preocupación los partes del Instituto de Meteorología e improvisa innumerables parches intentando impermeabilizar su agujereado techo.
Capote reside en una zona baja de Santo Suárez, Diez de Octubre, el municipio más poblado de la capital, que en época de temporales se inunda poniendo en peligro la vida de ancianos e impedidos físicos.
Las causas de las inundaciones son múltiples y las soluciones por parte del Estado no aparecen. Año tras año, aguaceros torrenciales, huracanes y fenómenos climatológicos colapsan el sistema de drenado y el deterioro habitacional, provocando derrumbes o daños estructurales en las viviendas.
Ahora mismo, Ronel Capote mira al cielo y junto a un vecino de la cuartería donde reside, clavetean trozos de una desteñida sobrecama, en un intento por aminorar las goteras en paredes y el techo de viejas tejas de barro.
Los desvencijados muebles de mimbre, Capote los ha colocado en un rincón que se presume seguro. Los artículos de más valor, un añejo televisor ATEC-Panda Made in China, un refrigerador Haier también chino, una licuadora con el vaso de cristal medio roto y un cofrecito de metal donde conserva el título de propiedad, plegarias y objetos religiosos, los puso en el closet de su precario hogar.
El dormitorio, ubicado en la barbacoa, está repleto de cubos plásticos y vasijas debajo de las goteras que filtran desde el techo. A un lado, envuelto en nailon, un colchón azul de espuma de goma con rayas blancas.
"Cuando el 29 de abril del año pasado se sucedieron aquellos aguaceros terribles, la Seguridad Social me vendió un colchón a plazos y el motor del refrigerador que todavía estoy pagando", dice Ronel sin dramatismo, acostumbrado a vivir siempre al límite.
Desde hace nueve meses está enfrascado en un agotador papeleo con la burocracia estatal, para que a precios subsidiados le asignaran unas bolsas de cemento, tejas acanaladas y otros materiales de construcción. Ha sido en vano.
"Esta gente (el régimen) a la hora de cobrar lo que se les debe son puntuales. Pero para que la Seguridad Social te de algo, tienes que estar un montón de meses correteándole al delegado del Poder Popular y los factores del gobierno del barrio", expresa Capote disgustado.
Como este jubilado de Santos Suárez, en La Habana hay cientos de personas solas y núcleos familiares que, por residir en viviendas en mal estado y peligro de derrumbe, son vulnerables ante cualquier evento climático.
No se puede acusar de ineficaz a la Defensa Civil. Hace lo que puede con diligencia y profesionalidad. Desde aquel mes de octubre de 1963, cuando los vientos furiosos del huracán Flora devastaron una porción de la región oriental, provocando 1.126 muertos (según las cifras oficiales), las instituciones del Estado encargadas de proteger a los ciudadanos ante el paso de fenómenos meteorológicos cumplen su rol.
Cuba, comparada con otras regiones del Caribe, una de las más proclives al paso de ciclones y tormentas tropicales, es la que menos pérdidas de vidas humanas sufre. El problema es gestionar una política coherente que ofrezca soluciones a las familias en situaciones de riesgo en sus viviendas.
Es una asignatura pendiente del régimen mejorar la calidad en las construcciones ruinosas a merced de los vientos y lluvias torrenciales. La estrategia para desarrollar inversiones de drenaje pluvial en zonas bajas de la ciudad o mejorar la capacidad de absorber agua en el alcantarillado sigue ausente.
Cada año que pasa, Cuba y su capital están en peores condiciones para enfrentar las inclemencias del tiempo. En la parte vieja de La Habana, en los barrios duros de Jesús María, Colón o San Isidro, cientos de edificaciones se mantienen en pie de puro milagro.
La solución no debiera estar en manos de las familias que devengan salarios mínimos y acumulan un rosario de penalidades. Sus existencias son infiernos chiquitos. Viven con el miedo de que el techo les caiga en sus cabezas en cualquier momento.
Las barriadas donde se localizan los inmuebles peores, son cuna del jineterismo, las drogas y la delincuencia. Y la deserción escolar es tan frecuente como los embarazos precoces.
El avanzado deterioro habitacional de la ciudad llega también a otrora zonas de clase media como Santos Suárez o La Víbora. Justo al costado de la antigua American Steel, hoy Cubana de Acero, se encuentra ubicada la escuela secundaria Eugenio María de Hostos, una construcción sólida con pisos de granito fundido construida en los años cuarenta.
Pero por falta de mantenimiento, como ocurre en la mayoría de las escuelas en la Isla, la filtración en techos y paredes ocasiona que sus alumnos no puedan dar clases en la sesión de la tarde, y cuando llueve con fuerza se suspende también el horario matutino.
"Lo peor no son las goteras. Es que, de no reparar el colegio, un día las paredes o el techo pueden colapsar ocasionando una tragedia. ¿Habrá que esperar que eso ocurra para que el Gobierno efectúe una reparación a fondo?", se pregunta la madre de una alumna de séptimo grado.
Cuando llegan períodos lluviosos o temporadas ciclónicas en Cuba, miles de personas que residen en condiciones infrahumanas se encuentran al filo de una navaja. Si lo dudan, pregúntenle a Ronel Capote.
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