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Año bisiesto, año siniestro

Los signos hasta ahora apuntan a más pobreza, más emigración, más corrupción, más represión
No resulta esperanzador el panorama cubano de 
cara al año que comienza (foto tomada de Internet)
LA HABANA, Cuba.- El año 2016 ha iniciado bajo malos augurios. Como si no fuera suficiente el desaliento general después de transcurrido un año de tensa paz entre los gobiernos de Cuba y EE UU sin que se perciba mejoría alguna en las condiciones de vida, la crisis alimentaria tiende a agudizarse y se acrecientan las carencias. Los productos del agro son cada vez más escasos, de mala calidad y altísimos precios, mientras la oferta de las tiendas recaudadoras de divisas es paupérrima. Numerosos comerciantes por cuenta propia (carretilleros) han desaparecido del paisaje citadino, en tanto los puntos de venta de las cooperativas exhiben un desabastecimiento que anuncia la proximidad de tiempos peores.
Lejos –y náufragas– quedaron las grandes expectativas surgidas a raíz del 17 de diciembre de 2014. La tozuda realidad ha vuelto a demostrar a todos que el mal de Cuba es endémico: radica solo en la maléfica combinación de un sistema sociopolítico y económico fracasado y obsoleto, unido a la persistencia de una camarilla dinástica políticamente inepta que secuestró al país 57 años atrás, cuyo principio y fin esencial radica en mantenerse aferrada al poder a cualquier costo.
Dicho de otra manera, el desengaño nacional estriba en poner las perspectivas de felicidad en un milagro que vendría ‘de afuera’ para salvarnos del demonio autóctono que tenemos en la Isla: el castrismo, cuna y reservorio del desastre. De ahí que ante el desengaño (¿autoengaño?), miles de cubanos eligen buscar fuera de Cuba esa felicidad que se les niega aquí dentro.
Sin embargo, por pura coincidencia, el declive natural del experimento castrista, ya agotado en sí mismo, tendrá su mayor prueba de supervivencia en este año bisiesto. Porque si bien el 2016 se anuncia difícil para la gente común –ese conglomerado de mayorías que algunos han dado en definir con el desafortunado término de “cubanos de a pie”–, tampoco será un panal de mieles para la gerontocracia verde olivo y sus buquenques.
Cierto que el Gobierno-Estado-Partido, en la figura del General-Presidente, sigue detentando el poder a su arbitrio, pero en los últimos tiempos las circunstancias no le han sido todo lo propicias que esperaban. A pesar de los muchos reconocimientos y recibidos por parte de gobiernos y organizaciones internacionales y a contrapelo de la legitimación –hasta ahora inútil– de la dictadura cubana en los foros del mundo democrático, incluyendo los de índole financiera, todavía no se han concretado las inversiones extranjeras previstas, que aportarían el capital necesario para comenzar a remontar la crisis económica interna.
La “nueva era en las relaciones entre  Cuba  y la comunidad financiera internacional”, según palabras del departamento francés de Finanzas, todavía está por arrojar frutos para la elite del Palacio de la Revolución, en tanto la Ley para la Inversión Extranjera sigue sin ofrecer las garantías jurídicas que requieren los potenciales inversores. La corrupción generalizada, parte raigal de la realidad nacional, también les aconseja cautela a la hora de negociar. Obviamente, el lento ritmo de “reformas” del socialismo de Estado puede ser encomiable en la hipocresía de los foros, pero resulta incompatible con las urgencias del capital.
Por otra parte, en la fisonomía política regional se han estado produciendo importantes cambios que socavan las alianzas sobre las que se apoyan los planes de eternidad castristas. El “socialismo del siglo XXI” se tambalea y –tal como el ‘socialismo real’ de Europa del Este–, tiende a “desmerengarse”. Recién caído el cetro del populismo al estilo Kirchner en Argentina, el chavismo también acaba de sufrir un formidable revés en Venezuela, al ganar la oposición la mayoría absoluta en las recientes elecciones legislativas, en medio de una crisis nacional que va desde la mayor carestía de alimentos, corrupción e inseguridad ciudadana que recuerda el país, hasta las acusaciones de narcotráfico que señalan al propio Presidente y a sus acólitos más cercanos.
A este tenor, el sostén petrolero de la castrocracia –ya en fase de merma desde 2014– está pendiente de un hilo. “Sin prisas, pero sin pausa”, el temor a los apagones comienza a extenderse sobre muchos en la Isla, incrementando la incertidumbre y añadiendo presión a la válvula, una garantía de la continuidad del flujo migratorio, fundamentalmente hacia EE UU.
A este escenario se suma la crisis política generada del escándalo de corrupción en Brasil, que implica a la mandataria y a su partido. La izquierda en la región ha caído en el cono de un tornado y han quedado muy atrás aquellos días gloriosos, cuando un Chávez exultante lanzaba bravatas e insultos “antiimperialistas” en todos los podios y regalaba a manos llenas la riqueza nacional venezolana, para beneficio de las autocracias latinoamericanas y otros parásitos oportunistas.
Como colofón, en los últimos tiempos se ha estado acentuando el signo represivo al interior de Cuba. Es el indicador de que crece la inseguridad del régimen, y así también su preocupación por mantener el control sobre una población cada vez más pobre, más descontenta, más irreverente y menos temerosa.
Por lógica natural, en este año bisiesto asistiremos al último congreso del PCC que encabezará la llamada generación histórica. No es muy probable que un Raúl Castro de 90 años o su espectral hermano, de 95, estarían en condiciones de dirigir el VIII Congreso en 2021. Tampoco parece posible que la sombra de lo que una vez fue la nación cubana sea capaz de sobrevivir a otros cinco años de castrismo.
El VII Congreso del PCC, a celebrarse en abril, será sin dudas el suceso más importante para la política interna de Cuba. Nos guste o no, ese inverosímil partido que carece de programa político, en el que milita menos de un millón de miembros y en el que no cree ningún cubano medianamente lúcido, “es la fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado”, según lo refrenda el Artículo 5 de la Constitución, de manera que en ese cónclave deberá dirimirse al menos la intención del gobierno sobre el futuro político del país para los siguientes cinco años. No sería prudente proponer otros 300 Lineamientos ineficaces.
Otro evento importante del año será, con toda seguridad, la propuesta de la nueva Ley Electoral. Teniendo en cuenta el terror que despierta en la gerontocracia todo lo que se parezca a elecciones democráticas, habrá que ver qué engendro de la jurisprudencia propondrán para “perfeccionar” (aún más a su favor) el sistema electoral vigente, y hacerla parecer ‘más democrática’. En especial, la reciente experiencia venezolana los hará aferrarse con mayor fuerza a aquella famosa máxima del ex Presidente: “¿Elecciones, para qué?”.
“Año bisiesto, año siniestro”, decían nuestras abuelitas. Y en efecto, los signos hasta ahora apuntan a más pobreza, más emigración, más corrupción, más represión… y así también mayor crecimiento de la inconformidad y de la disidencia interna. Con todo, nada va a impedir que Cuba cambie para bien, de la mano de quienes ya no tienen nada más que perder que su propio miedo. El panorama se dibuja espinoso y sugiere que 2016 será un año decisivo para los cubanos. 
Escrito por  Miriam Celaya
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