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La vida de Gi en Cuba

Antología de destellitos de nuestro protagonista, acompañado de su infiel escudero, en su reciente viaje a la isla de dos semanas, donde no se pudo contener y bailó la friolera de dos minutos

Dos músicos tocan instrumentos en el malecón habanero
Cualquiera que escuche su morosa, culta y precisa oratoria, insultantemente prudente, podría pensar que no estamos ante un tipo duro, cuando sí es el caso, que conoce de primera mano el desánimo y sus marcas, que sobrelleva sin estridencias, resignado, si acaso con cierto abatimiento en el gesto. Este hombre carente de desparpajo también es poco empático y difícilmente corruptible, llegado el momento, y esto le aparta de la mayoría de sus coetáneos, no rechazaría darse de palos si le tocan mucho las narices. ¿Aportaría algo hacer mención a su incipiente calvicie? Fusilando a Bolaño en su vertiginosa y exuberante desesperanza, desde una imitación caprichosa y falta, deslavazada, vamos a contar unas cuantas situaciones «vividas» por nuestro prota durante sus dos semanas de retiro (¿retirada?) en Cuba. Se llama Gi, por cierto, y no sabe nada de todo esto.
«¿Tienes un caramelo para las beibis?», pregunta Liana Bárbara, de no más de 10 años, junto a dos amigas de nombres también compuestos en medio del agua del Caribe en playa Ancón, cerquita de la preciosa Trinidad. «Ojalá», contesta Gi. La sonrisa tramposa de la negrita se borra y muy seria ahora continúa: «¿Sabes que en nuestro Día de los Difuntos las niñas no podemos ir solas porque nos secuestran y matan para ofrecer nuestra sangre a los santos?», dice, para después sumergirse en el agua junto a sus amigas, desparecer y aparecer a varios metros de nuestro Gi, que a continuación se tumba sobre el mar en posición de muerto y con las orejas bajo el agua vuelve a escuchar «the sound of the silence», el presente y el futuro, los cómodos inicios en el vientre materno, la latente necesidad de marcharse momentáneamente y siempre. Y el vacío que no ahoga.
Cuando en el Museo de la Revolución, ahora en La Habana, se paraliza la jornada por un nuevo chaparrón universal, en el techado del lugar, atrapados todos los turistas, se ve una antorcha a la intemperie que no se apaga. «La llama de la revolución sigue encendida, todos tranquilos», comenta distendido Gi, que se sienta y no reirá ninguna metáfora chusca que compare nuestra situación inmóvil en el Museo de la Revolución con lo que sucede en la propia Cuba. De una corrida, todavía con la tromba encima, vamos al edificio de al lado, al Museo Nacional de las Bellas Artes, donde casualmente expone el artista Wilfredo Prieto, el del medio vaso de agua en Arco por 20.000 euros, que deja fascinado a Gi hasta el punto que pide fotos por primera vez en todo el viaje, a sus obras, tales como «Desahogo» (una corroída rueda de tractor), «Una de arena» (una montaña de arena) y una caja de cartón que cubre una caja fuerte. ¿Acabó de llover mientras mirábamos el cuadro de Roberto Fabelo de unos pájaros en una cabeza? Nadie lo sabe ni lo sabrá, pero quizá alguien sí lo supo.
«¿Quién es el técnico de luces del cielo?», pregunta Gi al mirar el rosáceo atardecer en el malecón habanero. Aunque muy pocas veces, pero ocurre, le da por ponerse poético. Y otras cosas. En una discoteca de Varadero incluso se lanzó a bailar durante un par de minutos. Al acabar la canción, salió de la pista, que era un foso depravadete en ese momento, y se camufló en un segundo plano.
«Amamos a Charles Chaplin («El niño» es «El chicuelo») en las ruinas de una Habana plagada de obras para ponerla bonita ahora que vienen los yankees, con nuestros cocotaxis, los esplendorosos framboyanes, con José «El Apostol» Martí hasta en la sopa (murió de varios disparos cabalgando sobre un caballo blanco embutido en un traje negro: respect), con las largas colas para tomar un helado de «Fresa y Chocolate» en la mítica Coppelia, charlando al igual que Jorge Perugorría Vladimir Cruz en esa bonita y valiente película, embelesados por el colorido de los Chevrolets, Buicks, Pontiacs cómodamente ya sentados, de un pueblo que es «de ideas y combate» y que «Patria o muerte», entérate bien, aunque en realidad tampoco somos tan épicos, nos gusta la ligereza, el baile y la música como pocos pueblos en el mundo». Gi escucha sin demasiadas ganas el discurso de Lazáro, que lleva gafas de culo de vaso y una cresta tan larga como el que la tenga más larga de los Exploited pero sin continuar por la nuca. A Lázaro también le llaman «Yonqui» y «Yonquito», al menos así lo hace Mario, otro trapichero que a cambio de una cerveza nos cuenta su Cuba mental, nos sirve de cicerone, nos presenta a gente, como a Doris, que no le gusta el rock porque le han contado que los rockeros se mean todos en un vaso y se lo dan de beber a alguien, y que tiene un sueño: comprarse una laptop. 
«Voy a re-ír, voy a bai-lar, vivir, vivir, lalaalalalá. Voy a re-ír, voy a go-zar, vivir, vivir, lalaalalalá», canta Gi inexpresivo, como jamás habían visto en una isla del Caribe. Un rato después cuenta una anécdota de Sánchez Dragó en La Habana. Debía estar con un amigo fotógrafo buscando encuadres en el malecón y se les acercó un cubano. «¿Qué hacéis?, les preguntó. «Preparámos un desembarco», le respondió guasón Dragó. «Ah, qué rico», dijo el cubano.
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