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Mi mejor amigo

Crecimos juntos, en el barrio jugando a la pelota con pomitos de medicina y un palo de la cerca del vecino. En la escuela esperando a las 4:20 cuando los grupos A y B sostenían una guerra interminable, y era Gilberto el más fuerte, el que le ganaba a todos. Juntos fuimos a Acampadas, y en el verano a la playa, donde jugábamos al topao por debajo del agua.

Compartimos las clases de boxeo que abandoné por cobarde cuando me dijeron que todo boxeador tiene el tabique fracturado. Me ayudó a hacer el primer palomar donde tuve dos palomas mensajeras por meses sin que se reprodujeran, porque ambas eran hembras. En la secundaria a su padre le dieron una bicicleta china y en ella ibamos ambos a la escuela. Él me pasaba a buscar al mediodía siempre... Un día el mar trepaba por el malecón desbordándose risueño, invitándonos a mojarnos y regresar a casa con el uniforme empapado para no asistir a clases, y así lo hicimos. Era la primera vez que me comía las guásimas, tenía 12 años, y Danny era mi mejor amigo. Cuando me acorrolaron en el pre para darme una golpiza, Danny también se fajó con aquellos chicos del campo de Baracoa, que eran los peores que había conocido en mi vida. Aunque yo fui a la Universidad y mi mejor amigo se quedó vendiendo pizzas en el negocio del tío, siempre que nos veíamos nos dábamos ese saludo que inventamos en el pre y que es único. Cuando nació su hija yo fui el primero en darle un abrazo y felicitarlo por ser padre. Danny supo que me iría de Cuba y esa noche, mi última noche bajo el cielo azul del Caribe, nos tomamos una caneca de ron en el parque central de la ciudad, pedimos cinco pesos de cigarros fiados, y nos reímos de esos cuentos de la infancia, que jamás se olvidan, aunque Danny sigue en Cuba deseando salir un día para ser libre, y yo esté en el exilio soñando con regresar, a una Cuba sin esclavos.

Escrito por Abogado y Opositor Político Rafael Alejandro Hernández Real.
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