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Un día con Eduardo

(Colaboración de Rafael Alejandro Hernández Real. Abogado y Opositor Político)

El Escudo Cubano en la pared frente a la escalera. La Virgen de la Caridad del Cobre al fondo, a mano izquierda, ocupada como siempre brindando protección a sus hijos... Supe que era el lugar correcto. Rectifiqué la dirección que llevaba apuntada en un pequeño papel... y sí, estaba allí, a unos pocos metros de ese Apartamento que utiliza para oficinas un Patriota Cubano, que hace 27 años escogió este país, no para vivir, sino para servir del mejor modo en que puede, a nuestra Cuba. 
Toqué a la puerta tímidamente, y fue una mujer quien abrió, haciéndome pasar después de ese saludo que me puso a pensar si ya nos conocíamos. Nunca nos habíamos visto, pero así como supe enseguida que no se trataba de una mexicana común, ella comprendió rápidamente que yo era un cubano, y que iba a ver a su esposo. Una fotografía de Oswaldo Payá Sardiñas, unos diplomas de cursos recibidos en diversas universidades, varias banderas, símbolo de mi patria, parecían ondear en las paredes, sin respetar su condición de imagen de afiche o calendario, resistiéndose a la calma de aquel sitio, que me inspiró en unos pocos segundos una paz pocas veces experimentada en mucho tiempo. 
El Abogado Eduardo Matías, con esa barba, requisito indispensable de los sabios que protagonizan cuentos, pero hoy, todo era muy real. De lento andar, pero seguro, comunicativo como casi todos nosotros, los que escogimos como profesión la obediencia a Temis. Charlamos burlándonos de aquellos que piensan que es necesario ser viejos amigos para este tipo de diálogos que hacen reír, llorar, sentir, compartir... Abrió un álbum y la historia de los inmigrantes cubanos de las últimas dos décadas y media, estaba allí, contada a través de fotografías, salvo conductos, oficios de salida, o aquellas fotos tristes de los que murieron en balsa y hubo que enterrarlos lejos de sus seres queridos, porque el Régimen aún estando muertos creyó en la necesidad de un castigo, mayor incluso que el de haber vivido sometidos. Salimos por unos tacos y regresamos minutos después con las energías para iniciar un debate sobre política actual. Me preguntó por Cuba, y comprendí que el internet, las noticias, y las llamadas por teléfono, no son suficientes para llenar el vacío de una vida vivida a lo lejos de esa otra vida. 
A las seis de la tarde estábamos sentados en el mismo lugar que ocupamos a las 10 de la mañana. Pensé que la claridad se me escapaba por aquella ventana para evitar que tomara una foto, pero la luz de los hombres que no nos resignamos a vivir en esclavitud es un flash eterno, y entonces quedamos así:


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