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El cine San Francisco, “pequeño palacio del placer”

Cuando conocí el cine San Francisco, seguía amable y ruidoso, apestaba a orines, en las butacas había pulgas y chinches, el aire acondicionado estaba casi siempre roto y lo frecuentaban demasiados pajeros y pederastas

El cine San Francisco, “pequeño palacio del placer”
LA HABANA, Cuba. — Decía Guillermo Cabrera Infante que al primer cine al que asistió después que llegó a La Habana, en el verano de 1941, fue al San Francisco, un cine de barrio en la calle del mismo nombre, en Lawton.
El futuro escritor y su hermano Sabás, que aun no habían cumplido los doce años, fueron llevados al San Francisco por Eloy Santos, un veterano comunista amigo de sus padres, que en tiempos de la dictadura de Machado, cuando era marinero, había planeado reeditar en La Habana el episodio bolchevique del crucero Aurora, cayéndole a cañonazos al Palacio Presidencial desde uno de los dos únicos cruceros con que contaba entonces la Marina de Guerra cubana.
Santos se había llevado a sus amigos-correligionarios y sus hijos, recién llegados de Gibara, a su apartamento en un pasaje cerca del paradero de ómnibus de la calle 16, porque no tenían dinero para pagar el alquiler de la habitación en la cuartería de la calle Zulueta, en la Habana Vieja, a la que habían ido a parar a su llegada a la capital. Y una tarde de domingo, Eloy Santos se llevó a los dos muchachos al cine. Un hecho que sería determinante en la vida de quien sería poco más de diez años después el mejor crítico de cine que haya existido en Cuba.
Refería Cabrera Infante que las primeras películas que vio en La Habana, en dicho cine, ambas norteamericanas, fueron “Solo siete se salvaron” y “The whole town is talking” (no lograba recordar el título en español con que se exhibió en Cuba), protagonizada por Edward G. Robinson.
El cine San Francisco es una de las cosas que comparto con Cabrera Infante, que es uno de mis escritores preferidos. Unos 23 años después que él, también fue el San Francisco el primer cine al que fui. Tenía siete años y me llevó mi abuelo Antonio. Vivíamos en la calle San Francisco, casi en la esquina de la Calzada de Diez de Octubre y el cine Tosca quedaba a menos de 100 metros de mi casa, pero mi testarudo abuelo calabrés, que todavía no se resignaba a que ese cine ya no fuera propiedad de su amigo Alfredo Beale, prefería caminar los más de 500 metros que separaban nuestra casa del San Francisco.
En “La Habana para un infante difunto” Cabrera Infante dice del cine San Francisco: “Lo recordaré siempre con su arquitectura de pequeño palacio del placer, cine de barrio, amable, ruidoso, sin pretensiones, dedicado a ofrecer su misa movie magnífica, pero cogido entre dos épocas, todavía sin ser el templo art decó que fueron los cines construidos en los finales de los años 30 que luego descubriría en el centro de La Habana, y sin la pretenciosa simplicidad de los cines de los finales de los años 50, los últimos cines comerciales que se construyeron en Cuba.”
Cuando conocí el cine San Francisco, seguía amable y ruidoso, pero cada vez tenía menos pretensiones. Apestaba a orines, en las butacas había pulgas y chinches, el aire acondicionado estaba casi siempre roto y lo frecuentaban demasiados pajeros y pederastas.
Recuerdo que la primera vez que fui daban una película japonesa. De samurais. Digo daban con toda intención, porque prácticamente la función era regalada: mientras en los cines habaneros más caros un ticket costaba 80 centavos, en los de barrio, como el San Francisco y el vecino Victoria, en la calle Concepción, costaba sólo 40 centavos.
Por entonces, las películas de samurais causaban furor en Cuba. Por los consabidos problemas ideológicos, el ICAIC ya no ponía películas americanas, sino rusas, japonesas, francesas, italianas. Y las últimas, salvo las de Fantomas, eran para mayores de 16 años.
No recuerdo si la película de samurais, bastante truculenta por cierto, que vi en aquella primera visita al cine fue “El bravo” o “Sanjuro”, ambas protagonizadas por Toshiro Mifune, y dirigidas por Akira Kurosawa. No estoy seguro de cuál de las dos escenas del cine de samurais que más me impactaron en mi niñez vi primero: si el tremendo chorro de sangre que brotaba de la yugular de un samurai con kimono negro, o el brazo  cercenado por uno de aquellos sablazos que solo eran posibles en el cine de samurais,que se llevaba un perro en la boca, por la fangosa calle de una aldea nipona.
Las películas que vi posteriormente, acompañado por mi abuelo, mis hermanos, o cuando ya me dejaron ir solo al cine, eran rusas, de guerra, que eran las que más abundaban en aquella época, para disgusto generalizado de la inmensa mayoría de mis compatriotas.
Pero cuando llegué a la adolescencia, y ya iba también a otros cines, aprendí a aprovechar las ventajas de las películas soviéticas que nos abrumaban. Cual afrodisíacos fílmicos, como no distraían nuestra atención, eran las ideales para hacer el amor o algo parecido, en las maltrechas lunetas.
Mi primer orgasmo ocurrió precisamente en el cine San Francisco: jadeante, sudado, tratando de tranquilizar a mi novia, pendientes de que no nos pillaran. Fue saludado por el tronar de las katiushkas del Ejército Rojo. Todo un homenaje.
Me deprime pasar hoy por los cines de mi niñez y adolescencia. Pocos de ellos quedan ya. En la Habana cada vez hay menos cines que funcionen como tales. Me refiero a los que todavía funcionan como algo. Los demás son solo ruinas, nidos de cucarachas y ratones.
En el San Francisco, ahora radica allí Integración, un grupo de teatro comunitario que se empeña, como puede, con lo poco que tiene a su disposición, en hacer arte, o un remedo de él. Personalmente, preferiría –porque se lo merece- que el San Francisco siguiese siendo un cine. Pero no siempre las cosas son como uno quisiera.
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