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Los Caballeros del huevo frito

De nuevo, llenarán las tiendas de huevos. No hay que temer. Esta nueva generación de niños sufridos son los caballeros del futuro. Serán las personas que cambien este país. “ Los caballeros del huevo frito ”.
Los Caballeros del huevo frito
Los Caballeros del huevo frito.  En estos últimos meses del año, cuando la luz del día es más tenue y se agrega un toque de nostalgia a los atardeceres, el pensamiento de las personas adelanta al ritmo del planeta, se desboca. Viajamos de prisa, cerrando temas pendientes; dejando lo malo detrás.
Somos del criterio que al comenzar un nuevo recorrido las cosas nos irán mejor.
De forma natural, muchas veces sin bases sólidas, aparece la esperanza. En cualquier oficio, en cualquier contienda humana, tenemos la ilusión en la cabeza para hacer bonito los lugares. Si no ponemos el corazón, los latidos suaves del arroyo, se escuchan en blanco y negro. Así, nos vamos de peregrinos por las fechas. La humanidad está hecha para esperar el fin de año.
Aunque no tengamos nada, siempre, junto a la almohada, habrá una última utopía de que la realidad pueda sorprendernos; pues del pasado ya no esperamos nada, está escrito a sol y piedra.
El hombre vive con un paso de adelanto en el reloj del ahora. Cuando está por concluir otro año, algo, amorosamente revuelve a la gente, quizás una hormona social no descubierta.
Algunos, aupados por el poder; otros, con los harapos en la mirada. Lo anterior, pudiera hasta perdonarse, si todos los niños del mundo compartieran por igual el nacimiento de Cristo.
En Cuba, la familia suele reunirse. Vienen los hijos de otras provincias o de otros municipios.
La madre, anfitriona y protagonista del hecho, vuelve a reunir a sus crías. Vuelve y pone orden como antaño, pero esta vez, como si fuera de mentiras; con el rostro fingidamente amarrado, caminando sobre brazas de carbón por la alegría.
Es media mañana y ha olvidado pe narse. Los hijos hacen bromas sobre su cabello ensortijado y ella ríe, parece una niña.
Lo recuerdo, tengo la sensación de que está aquí, ahora, junto a mí; mirando el teclado de la laptop por encima de mi hombro. Es entonces, cuando lo tenue de la luz de la temporada navideña se conecta con el alma humana y entristece, siempre entristece por los que ya no están.
Por tal razón, en navidad, yo abrazo duro a mi madre imaginaria, como si estuviera viva, para que nunca se me vaya.
Esa es la familia cubana y ese es nuestro fin de año. No importan las penurias de todo un periodo, no se escatima en recursos. Aparece el cerdo asado, al menos, un muslo del animal; los dulces caseros, el casquito de guayaba, los buñuelos; la yuca con mojo; el insustituible congrí; etc. Esa es la tradición, es lo que tenemos en la sangre.
Sin embargo, en la actualidad, muchas familias no tienen el privilegio divino de aquellas costumbres que nos hacen cubanos.
Las madres, abrumadas por el olor asado que tienen en la mente, sufren cuando miran a los ojos de sus hijos pequeños y no hay nada que poner a la mesa. Ahí, es cuando estamos a mitad de lo humano y a mitad de lo divino. Ahí, es cuando se forman las generaciones del futuro, dispuestas a cambiarlo todo.
Se ha hecho un hábito en los días próximos al fin de año, al menos, en los pueblos pequeños, surtir con huevos las bodegas. Huevos de venta liberada, baratos, a sólo 1.10 MN (Moneda Nacional) la unidad. Los establecimientos comerciales son rellenados hasta el tope. ¡Quién no tiene pan, como dice el refrán, come casabe! La tradición, la cubanía, ha quedado para el que tenga dinero.
Es triste para una madre ponerle un huevo frito a su hijo en días tan significativos. Después, de regreso a la escuela, ante los comentarios de los amiguitos pudientes, el niño que ha visto a sus padres bajo tormentos no lo comenta, pero lo sufre. Esto, se lleva para siempre, va esculpiendo patrones que bordan de vivos colores a la patria.
En ocasiones, cuando estoy detrás de una pared y no sé lo que hay del otro lado, me abruma la sensación de que el mundo se acaba en ese lugar. Que lo que queda es imaginación y teorías, que en realidad no hay nada, sólo un universo vacío, que todo está perdido.
Es en ese momento, que me hago eco de una frase que escuché: “ Es mejor encender una vela que maldecir a la oscuridad ”. Se aproxima el fin de año.
De nuevo, llenarán las tiendas de huevos. No hay que temer. Esta nueva generación de niños sufridos son los caballeros del futuro. Serán las personas que cambien este país. “ Los caballeros del huevo frito ”.
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Sin embargo, en la actualidad, muchas familias no tienen el privilegio divino de aquellas costumbres que nos hacen cubanos. Las madres, abrumadas por el olor asado que tienen en la mente, sufren cuando miran a los ojos de sus hijos pequeños y no hay nada que poner a la mesa.
Ahí, es cuando estamos a mitad de lo humano y a mitad de lo divino. Ahí, es cuando se forman las generaciones del futuro, dispuestas a cambiarlo todo.


Fuente:http://iclep.org 
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