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Los ‘emos’ o ‘frikis’ despistan a quienes buscan el viejo socialismo en La Habana.

Los “emos” Pedro Luis Fernández (centro) y Prince (centro, atrás) posan junto a las “screamos” Eneida Ledesma (izq.) y Yola Ruiz (segunda, izq.), en el parque ubicado en las calles G y 23 de La Habana, el 28 de septiembre del 2014.ADALBERTO ROQUE/AFP/GETTY IMAGES

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La Habana- “¿Y tú qué eres?”
Con el acceso paulatino a internet y cansados de viejos paradigmas, grupos de jóvenes cubanos se han vuelto “emos”, “frikis” o “repas” y despistan a todo aquel que en La Habana busca los vestigios de la revolución cubana. 
Aparecen a partir de medianoche en la céntrica avenida G entre monumentos a Salvador Allende, Omar Torrijos y Simón Bolívar, algunos de los grandes héroes y leyendas de la izquierda latinoamericana.
Pero estos jóvenes de entre 12 y 20 años distan mucho del “hombre nuevo” que en los años sesenta soñaron Ernesto “Che” Guevara y Fidel Castro.
Algunos están cubiertos de creativos tatuajes, piercings o aros en las orejas. Otros van vestidos de negro con manillas de metal o con la cabeza cuidadosamente rapada o la cabellera llamativamente coloreada.
Un grupo de “repas” juega dominó en el parque ubicado en las calles G y 23 de La Habana, el 28 de septiembre del 2014.ADALBERTO ROQUE/AFP/GETTY IMAGES

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Pero no ha sido siempre tan fácil ser un joven no convencional en Cuba. 
“Vengo a G desde 1997 y ahora hay una mayor tolerancia”, cuenta el punk Raúl Gutiérrez, que exhibe varios tatuajes en el torso y seis piercings en el rostro.
Lejos parecen haber quedado las persecuciones y tormentos que sufrieron los rockeros —pioneros de estas tribus urbanas en la isla caribeña— durante los años sesenta para escuchar a Elvis y a los Beatles, cuando la revolución daba sus primeros pasos.
En aquel entonces, todo el que escuchara música en inglés o usara cabello largo era acusado de “diversionismo ideológico” o tachado de contrarrevolucionario. No era bien recibido ni en la universidad ni en el vecindario.
“Esto ha tenido mucha observación de la policía y de ciertos grupos que se dedican a vigilar. Hubo un tiempo en que no se podía estar aquí”, cuenta Omar Padilla, un rockero de 30 años que frecuenta el paseo desde hace más de una década, con su pelo largo recogido en una cola.
Padilla recuerda los tiempos en que los amantes del ritmo del “enemigo” —Estados Unidos— fueron “desplazados” de la calle G, donde se refugiaban después de que las autoridades cerraran en 2001 el Patio de María, un espacio próximo a la Plaza de la Revolución, el corazón político cubano, que antes funcionaba como la meca del rock.
A partir de la década de los ochenta comenzó con cuentagotas una mayor tolerancia hacia los “frikis” (del vocablo freak, raro en inglés), como se les llamaba a los seguidores cubanos del rock.
Ya en 2007 las autoridades cubanas aceptaron el fenómeno, tras estudiarlo sociológicamente y comprobar que sus proyecciones filosóficas no estaban reñidas con el proyecto comunista.
Pero en ese entonces, ya Fidel había traspasado —por razones de salud— el mando a su hermano Raúl y comenzaban las primeras señales de apertura. 
Los rockeros ganaron así reconocimiento oficial, con la inauguración de una agencia y un teatro en La Habana, donde organizan festivales internacionales.
Ahora, “G es para los rockeros una especie de santuario. En realidad se hace mucha vida bohemia en G, y no sólo los roqueros, ahora vienen personas de cualquier tribu urbana (…) y sí, te sientes un poco libre”, dice Padilla.
Aparentemente nada los diferencia de los jóvenes que se identifican de manera similar en Londres, Nueva York o Berlín.
Como las manadas de animales, cada tribu ocupa su espacio en G y la madrugada transcurre sin tensiones, marcada por un alto consumo de ron, tabaco, algo de marihuana, y la vigilancia, distante pero atenta, de agentes de la policía.
La identidad de cada grupo se forjó fundamentalmente a partir de sus gustos musicales y allí está claro el toque cubano. Hay, entre otros, “rockeros”, “repas” (de reparto, seguidores del hip-hop, el rap), pero también del reguetón y la salsa; “emos”, incondicionales del subgénero del rock emocional; y “mikis”, entusiastas de la música pop y la trova.
Sólo ellos o un experto en tribus urbanas pueden saber que detrás de cada gesto, vestimenta o peinado, hay un mensaje claro. 
Los “repas”, que visten pantalones holgados y caídos, camisetas apretadas de colores estridentes y gorra de lado, son considerados los “guapos (busca pleitos)” de G, mientras que los “emos” constituyen la identidad más rechazada por su visión dramática de la vida.
Hablan de música, literatura, tecnología digital, modas, amor, pero el tema político está ausente. Ninguno forma parte de los grupos opositores que La Habana tilda de “mercenarios” al servicio de Estados Unidos. 
Los jóvenes y adolescentes de G “carecen de una ideología sólida que movilice sus comportamientos” y “comparten la descreencia y desconfianza en las instituciones políticas” de la isla, opina la psicóloga Daybel Pañellas, de la Universidad de La Habana.
Con el acceso de los cubanos a Internet y la reforma migratoria —vigente desde enero de 2013—, los cubanos se han ido globalizando.
“Muchos elementos de esas culturas grupales son importados, y aquí se adaptan (…) y se interpretan”, agrega.
Pedro Tumbarell, de 21 años, estudia enfermería, se identifica con los “screamo” —mezcla de “punk” y “emo”— y pasó la noche recorriendo el paseo de un extremo al otro, en busca de “nuevos amigos”.
“Cuando la economía personal no te da para una discoteca, entonces vienes a G”, dice en medio de su trashumancia.
Fuente: http://www.elnuevoherald.com



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