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Odisea de una pareja cubana para llegar a EEUU.

Si lanzarse al mar en una balsa improvisada puede parecer una locura, la odisea que vivió un matrimonio cubano tratando de llegar a los Estados Unidos desde Ecuador podría alimentar la imaginación de cualquier novelista. Los cubanos, que pidieron ser identificados como Antonio y María, por miedo a represalias contra sus familiares en la isla, viajaron durante 52 días a bordo de todo tipo de medios de transporte, a través de una ruta que cubre más de 4,000 kilómetros y atraviesa ocho países latinoamericanos.
“Nosotros montamos de todo: canoa, caballo, avioneta, lanchas, buses, busetas (furgonetas que transportan hasta 12 personas). A mí ya no hay quien me haga cuento”, dijo María, dos días después de aterrizar en Miami, todavía conmocionada por las vicisitudes del viaje.
“Yo me acuesto y brinco”, dice entre lágrimas esta mujer de 38 años que era peluquera en Cuba. “Hasta que no pasen al menos 15 días, uno no va a a poder relajarse. Todavía me siento mareada, floja”, confiesa.
El número de cubanos que está abandonando la isla y opta por cruzar la frontera mexicana ha ido en aumento. Según cifras del Servicio de Aduanas y Protección de Fronteras actualizadas hasta agosto, al menos 13,382 inmigrantes cubanos llegaron a la frontera con México desde octubre del año pasado—1,450 más que durante todo el año fiscal 2013. Solo desde el 2012, 35,629 cubanos arribaron a los EEUU. por esa vía, cifra similar a los que llegaron a la base de Guantánamo durante la crisis de los balseros en 1994.
En contraste, en lo que va de año fiscal la guardia Costera reportó 1,561 interceptaciones de cubanos en el mar, número que ha crecido en los últimos años pero no se compara con los arribos a los puestos fronterizos. Según la política de “pies secos, pies mojados”, adoptada precisamente tras el éxodo del 94, los cubanos que llegan a territorio estadounidense son admitidos, mientras que los que son interceptados en el mar son devueltos a Cuba.
Los costos de este tipo de viaje son muy altos. La pareja vendió sus pertenencias y su casa en el oriente de Cuba pero solo lograron reunir $4,000. Deben otros $8,000 que pidieron prestado a familiares en Miami para pagar a una intrincada red de traficantes o “coyotes” y policías corruptos.
Los preparativos comenzaron en Cuba, cuando contactaron a un cubano nacionalizado en Ecuador para que les sirviera de garante económico, requisito necesario para obtener una visa ecuatoriana. Por ese “servicio” pagaron $600.
Ecuador es de los pocos países que permite a los cubanodos solicitar la visa en el puerto de entrada. Justo en abril de este año, el gobierno de Rafael Correa eliminó la “carta de invitación’’ para los ciudadanos cubanos que soliciten visados temporal. Según datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos ecuatoriano, 24,380 cubanos arribaron a ese país en el 2013.
A partir del 2011, las autoridades colombianas detectaron el incremento del “ingreso irregular de ciudadanos cubanos procedentes de Ecuador, que fueron guiados por coyotes que los movilizaban hasta zonas costeras y fronterizas con Panamá con el propósito de llegar a Estados Unidos”, según consta en una investigación sobre el tráfico de migrantes de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, y el Ministerio de Relaciones Exteriores colombiano, dada a conocer el año pasado.
El arribo de los cubanos ya es tan notorio que el canal colombiano Caracol trasmitió en marzo de este año un documental en el que un periodista acompaña a un cubano indocumentado en su travesía desde Ecuador hasta Panamá.
Esa misma ruta siguieron Antonio y María, quienes llegaron a Ipiales y tomaron un taxi para cruzar la frontera entre Ecuador y Colombia. Pagaron en total $1,100. Ya en territorio colombiano, llegaron en bus hasta Turbo, en la región de Antioquia. Allí pagaron $650 más a un coyote para abordar con documentos falsos una lancha hasta Capurganá, en el Chocó colombiano. La lancha es la misma que cubre la ruta para los turistas y cuesta alrededor de $22.
El reporte de Naciones Unidas indica además que desde el 2006 hasta el 2012, los cubanos eran el 20% de todos los casos detectados de tráfico de inmigrantes en Colombia. Ya en 2012, la cifra aumentó casi al 50%, con 272 casos. Pero la historia de este matrimonio indica que, probablemente la mayoría de los cubanos no son deportados y logran continuar su viaje por Colombia, eso sí, a un precio bastante alto.
“En Colombia perdimos $1,200”, afirmó Antonio. Según sus declaraciones a el Nuevo Herald, en la estación de ómnibus de Cali, agentes de la policía le pidieron los documentos de identificación. Al presentar cédulas falsas ecuatorianas, le preguntaron, “¿te quieres ir o te quieres quedar? Ahí mismo solté $200. Entonces nos montamos en el bus pero le cogieron el número y en cada retén nos detuvo la policía. Iban directo para donde yo estaba. En un retén me quitaron $400 y en otros $200. Traíamos el dinero arriba”, confesó.
En Capurganá, uno de los coyotes también los entregó a la policía, que les recogió las cédulas falsas y les exigió el pago de otros $400. Justo en mayo, las autoridades colombianas detuvieron a 22 cubanos a bordo de una de estas lanchas cuando navegaban a dos millas de ese lugar, según informó El Universal. Es probable que ese sea el destino de quienes no tienen más dinero para comprar el silencio de las autoridades.
Luego, tomaron otra embarcación que los dejó en Bahía Sapzurro, muy cerca ya de la frontera panameña. Pero primero debían subir una loma eque divide a los dos países. Un hombre armado les exigió dinero por dejarlos atravesarla. Dice Antonio que le dio billetes colombianos que le quedaban pero a otros cubanos que iban en el grupo, los “desvalijaron”. “En quince minutos la subimos. Yo casi estaba arrastrándome, ya no podía más, por el peso de la mochila. A la gente le daba hipoglicemia. Y bajándola, me caí porque tú bajas la loma casi rodando sobre las piedras. Cuando llegas, estás en La Miel; eso es Panamá”, recuerda María.
En Panamá no tuvieron obstáculos y los policías panameños les dieron la bienvenida. “Después nos tiramos para la playa con ropa y todo, todo el mundo a llorar, por lo que pasamos, abrazados y dando gritos”, continúa. A cambio de un reloj marca Invicta, en la Miel pudieron tomar otra lancha hasta Puerto Obaldía, donde abordaron una avioneta hasta Ciudad de Panamá.
“En Puerto Obaldía había más de 300 cubanos. Ahí no nos quedaba nada del dinero que habíamos traído de Cuba y un familiar de Miami me envío dinero por la Western Union”, menciona Antonio.
A bordo de buses, continuaron viaje hasta Costa Rica. Allí se toparon con coyotes que les exigieron otros $300 a cada uno para llevarlos hasta Nicaragua, pero se rehusaron y cruzaron a pie hasta ese país, pues ya estaban muy cerca del paso fronterizo. Allí, junto a otros diez cubanos, se “entregaron” a las autoridades nicaragüenses, que los mantuvieron retenidos una semana hasta otorgarles un salvoconducto.
La frontera con Honduras la cruzaron a caballo, según narran. En ese país, María dijo haberse sentido muy asustada por las historias sobre las maras. “En las guaguas (autobuses) se montan hombres con machetes. Según tienen pintadas las uñas es la cantidad de gente que matan; son bandoleros”, afirmó. “Yo iba pidiendo durante todo el viaje pero, gracias a Dios, no nos pasó nada”, confesó con alivio.
En ese país centroamericano, contactaron a otro traficante que les prometió llevarlos hasta los Estados Unidos, atravesando Guatemala y México, por $2,100 cada uno. “Supuestamente no había problemas, esa salida de Guatemala hasta acá era una belleza” , dice María con ironía y subraya: “todo eso es mentira”.
“En Guatemala llegamos hasta una aldea indígena, cerca de la frontera mexicana. Allí, ellos nos escoltaron en una camioneta, pues ese camino es el territorio de un narcotraficante que le dicen El Negro. Dormimos en el suelo, en casa de unos indios y nos untaron mentol para que no se acercaran las serpientes. A las tres de la mañana cruzamos en canoa hacia Palenque. Seguimos hacia Veracruz, en bus. Pero en Acayucan, antes de llegar a Veracruz, nos cogió inmigración. El mismo chófer de la guagua nos vendió”, dijo Antonio.
“En la cárcel de Acayucan, hay hondureñas, nicaragüenses, guatemaltecas, de todos esos países de Centroamérica. Mujeres hasta con tres niños, enfermos, vomitándose, con fiebre. El médico no los ve o cuando ellas logran que los vean les dice, ‘dale esto’ y ya. Ellas están en las celdas con los niños o afuera porque no caben, en colchones tirados en los pasillos. Eso es terrible, deprimente y el cubano no está acostumbrado a eso. Tú en Cuba pasas de todo, pero violencia y ver a un niño así desamparado, es verdad que no se ve, porque el que diga eso, es un mentiroso. Yo dejé una niña de catorce años en Cuba. Yo digo que ni muerta yo traigo a mi hija por ahí”, declaró firmemente María.
El matrimonio esperaba lo peor pero su suerte cambió cuando uno de sus familiares en Miami encontró en Internet los datos del sacerdote Alejandro Solalinde y lo contactó.
Solalinde dirige el albergue para migrantes “Hermanos en el Camino” y tiene una trayectoria reconocida de defensa de los derechos humanos en México. Gracias a su prestigio, posee la figura jurídica de “custodia”, que se le otorga a instituciones o personas con autoridad moral para auxiliar a inmigrantes indocumentados, por lo cual les pudo gestionar un “oficio de salida”, documento con el que se puede transitar hasta 30 días por territorio mexicano.
“Yo nunca pensé que existiera una persona tan buena como ese hombre”, dijo María llorando de nuevo. “Qué clase de hombre, ese hombre es un amor”, opinó Antonio. “Después que nos llevó para el refugio, nos dijo ‘a mí no me pueden mandar dinero ni ningún donativo. Yo soy solamente un enviado de Dios’. Si él no nos hubiera sacado de allí, eran tres meses presos”, destacó María.
Solalinde dijo en conversación con el Nuevo Herald que él ayudaba con especial interés a los cubanos de paso por México “porque son de los más vulnerables. Son personas que tienen más miedo que los otros porque si los regresan a la isla es más difícil volver a salir. Son el grupo más explotable y a los que se les puede exigir más extorsiones”, comentó.
“Cada vez son más los que están llegando”, afirmó el sacerdote, que dijo sostener “pláticas” con funcionarios de la embajada de Cuba en México acerca de una modificación del acuerdo migratorio entre ambos países que data del 2008 y por el cual el gobierno mexicano puede deportar a los cubanos que sean “requeridos” por el gobierno de la isla.
Cuenta María que Solalinde los trasladó hasta la capital mexicana, a una casa de las Carmelitas Misioneras de Santa Teresa y les compró comida. El sacerdote les advirtió que cruzaran la frontera por Ciudad Juárez o Tijuana, porque los cubanos “son el platillo favorito de los Zetas, de los cárteles”, dijo, según el testimonio de la cubana.
El viaje pudo haber sido mucho más expedito si el consulado mexicano en La Habana les hubiera otorgado una visa de turismo cuando la solicitaron. Pero desde fines del 2012, y como respuesta a la reforma migratoria cubana, las autoridades mexicanas impusieron más trabas para la obtención de visas de no inmigrante.
Finalmente, ellos cruzaron la frontera con Estados Unidos en Ciudad Juárez. Fueron admitidos “bajo palabra”, lo que permite a los cubanos obtener beneficios y permanecer legalmente en el país hasta que ajustan su estatus al cabo del año y un día.
Al final, dicen haber tenido “suerte”, porque no fueron secuestrados por narcotraficantes u otras organizaciones criminales como ha sucedido en múltiples ocasiones. Llegaron a Miami el 24 de julio, endeudados y con el corazón en la isla, donde cada uno dejó un hijo. Su historia es cada vez más común entre quienes intentan llegar a Estados Unidos desde Cuba, una isla que está a 90 millas del gigante americano.Fuente:El Nuevo Herald.




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